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“Lo indignante de la guerra es que priva al hombre de su combate individual”, dice uno de los protagonistas principales de Jules y Jim, la icónica película de François Truffaut. Jules se refiere a la I Guerra Mundial, de la que han salido indemnes tanto él, de nacionalidad austriaca, como su amigo Jim, que es francés.

Pienso en esta cita mientras leo A sangre y fuego, el demoledor libro de relatos de Manuel Chaves Nogales, posiblemente la mejor obra literaria sobre la guerra civil española. Y, siguiendo la inercia de los vasos comunicantes, le he hecho un hueco a Simone Biles, la atleta norteamericana que sorprendió al mundo con sus acrobacias imposibles y que, no por casualidad, es la más laureada de todos los tiempos.

Biles, diosa de las pistas, se ha retirado inesperadamente en varias pruebas en estos Juegos Olímpicos para preservar su salud mental, es decir, que ha renunciado a la gran guerra (las Olimpiadas) para librar una batalla más de andar por casa, esa batalla contra los fantasmas que todos libramos día a día, en el anonimato, lejos de los focos mediáticos y de los medalleros.

La retirada de Biles ha venido a levantar la autoestima de muchos. Al fin y al cabo, si ella, emblema de la perfección, ha optado por dar un paso atrás, ¿por qué habríamos de sentirnos culpables los mortales cuando fracasamos a causa de nuestras debilidades?

“Sí, es cierto, pero creo que uno, al margen de la guerra, puede hacer su propia guerra”, apostilla Jim a Jules en la película de Truffaut. Y no sé si esto es un aliciente o una rémora a la hora de ser felices. A veces echo de menos no tener que participar en ninguna guerra, y confiar en que nuestra existencia es un paseo por el mejor de los mundos posibles, en sintonía con el optimista Leibniz.

Mera utopía: seguiremos matando y muriendo, en las grandes guerras y en las pequeñas batallas, hasta el último de nuestros días.

Francisco Rodríguez Criado, El Periódico de Extremadura, 4/8/2021

Imagen:  ArmyAmber (Pixabay)

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