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En menos de una semana han tratado de estafarme en dos ocasiones. En la primera contactaron conmigo desde el perfil de Facebook de una amiga, hacheado para fines espurios; en la otra, una aseguradora para mí desconocida  me telefoneó con la excusa de ofrecerme un descuento en un teléfono móvil en el que yo no estaba interesado. Minutos después tenía en mi buzón de entrada un email en el que me daban la bienvenida como nuevo cliente en dos servicios, con contratos que se han sacado de la manga.

Si esto fuera todo… Pero qué decir de los contratiempos que experimento al cabo del año incluso con compañías serias de las que soy cliente, que no pierden la ocasión de hacer cobros indebidos. Ante la cacería de mafiosos que campan a sus anchas en Internet, parecería que el primer objetivo del día a día de cualquier ciudadano es no caer en las redes de estos desaprensivos que quieren vaciarnos el ánimo y las cuentas bancarias.

Ante este panorama, ya no debería sorprendernos que altos cargos del Gobierno y varios ministerios estén investigados por la Justicia por delinquir durante la terrible pandemia. Mientras morían a diario centenares de ciudadanos, ellos –presuntamente– ganaban millones con la adquisición de las mascarillas, muchas de las cuales no salieron de sus cajas, pues venían defectuosas, y otras ni siquiera llegaban a su destino. A lo mejor los Ábalos y los Koldos de turno no son peores que nosotros los ciudadanos de a pie, y lo único que nos distingue de ellos es que nuestra pedestre circunstancia nos inhabilita para cometer delitos de gran calado.

La sensación de que hemos venido a este mundo para devorarnos los unos a los otros se hace acuciante. Las historias de terror ya no vienen de la mano de dráculas que habitan castillos tenebrosos, sino de ciertos gobernantes, o del  teléfono y el email, esas dos arterias a través de las cuales los modernos vampiros tratan de chuparnos la sangre y la vida.   

Francisco Rodríguez Criado. Artículo publicado en El Periódico de Extremadura, 6/3/2024

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