7 textos autobiográficos

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Desde que empecé a escribir, hace ya demasiado, he escrito mucha ficción alejada de mi realidad, pero también he pergeñado textos que muy conectados a mis experiencias vitales, algunos de ellos directamente autobiográficos. No en vano, he escrito un libro autobiográfico cien por cien, El Diario Down, en el que relato el nacimiento de mi hijo Francisco y todo lo que supuso para mí estrenar una paternidad llena de complicaciones.

A modo de ejemplo de mi vertiente literaria autorreferencial, he seleccionado 7 textos autobiográficos. Como suele decirse, no son todos los que son –ni mucho menos–, pero son todos los que están.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de textos literarios

7 RELATOS AUTOBIOGRÁFICOS

Al final de cada relato indico el año en que fue escrito y, en la mayoría de las ocasiones, publicado. Estas narraciones han sido tomadas de mis libros y de los artículos que vengo publicando en El Periódico de Extremadura desde diciembre de 2005.

Espero que sean de vuestro agrado.  

SOBRE UN HOMBRE QUE SE LLAMA COMO YO

Confieso con cierta amargura que hay un hombre, casualmente llamado Francisco Rodríguez Criado, que me persigue con obstinación desde el día de mi nacimiento, hace ya treinta y cuatro años. No quiero hablar demasiado de su persona, que es débil, cobarde y fatalista bien lo sabe Dios, y eso me basta. Por todos los medios he tratado a golpes de acabar con su poderosa influencia: lo he empujado a trabajos ingratos, lo he arrastrado a sueños imposibles de realizar, lo he comprometido sentimentalmente con mujeres desapacibles, en fin, lo he sometido sin piedad al vértigo de la vida. Me pregunto si habré sido severo en exceso; no obstante, no tengo cargos de conciencia, él tampoco los tuvo cuando retorció mi alma con pensamientos impuros y me alejó sin escrúpulos de la utopía de la infancia. En cualquier caso, ahí sigue, vivo.

Escribo estas líneas desde la desesperación de quien sabe que tiene a su mayor enemigo colgado a sus espaldas.

Escribo estas líneas sin saber por qué las escribo.

Escribo estas líneas, quizá, por necesidad.

No tengo más que añadir. Si acaso una última confesión: me apena la certidumbre de saber que no descansaré con plenitud hasta que ese hombre, casualmente llamado Francisco Rodríguez Criado, se aleje definitivamente del espacio y tiempo del que parten estas líneas.

(2001)

NOCHES OSCURAS

Mi vida era entonces como ripios de un mal poeta. Tenía 24 años y vivía en Moratalaz, en el noveno piso de un viejo inmueble situado al final de un callejón sin salida. Era lo más barato que había encontrado y no estaba lejos del pub donde trabajaba. Compartía alojamiento con tres tipos: un joven aspirante a actor, un andaluz que como yo se ganaba el jornal sirviendo copas, y un sesentón gris y desaseado con el que –sé que parece cosa de Gila– coincidía en los pasillos o en la cocina sin intercambiar más palabras que hola y adiós. Algunos días mi novia dormía conmigo, en una cama frágil y desfondada, adjetivos que podrían definir nuestra relación. Excepto cierta tendencia al fracaso no teníamos nada en común; pero allí estábamos, sabaneando nuestras diferencias.

De madrugada, al salir del trabajo, me echaba a recorrer las calles de aquel Madrid inhóspito en mi destartalado Renault 5 mientras escuchaba música en la radio. Una vez fui al pub del andaluz a tomar algo. Volvimos a casa juntos. Era una noche triste y oscura, como todas las noches. Me confesó que estaba preocupado porque ese mismo día había desvirgado a una jovencita y ahora que su novia estaba a punto de llegar desde Sevilla no lograba eliminar las manchas de sangre de las sábanas. Lo mío era más grave: no encontraba sentido a la vida. Deja de filosofar tanto, cacereño, y sonríe: es Navidad, me aconsejó. No pude. Incapaz de conciliar el sueño, pasé horas y horas mirando la bombilla desnuda del techo.

Así eran mis noches en diciembre del 91, cuando yo aún no ventilaba las cenizas de mi biografía en la contraportada de un periódico.

(2006)

CÁNCER

El pasado 25 de abril, día de mi cumpleaños, ingresé en el hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres. El motivo: la repentina inflamación de un ganglio cervical. Ya había pasado por el ambulatorio y por Urgencias, y empezaba a intuir que no tardarían en darme una mala noticia. No me equivocaba. Al cabo de varias semanas deambulando como un zombi por los pasillos de la Séptima Planta y después de numerosas pruebas (una operación quirúrgica incluida), los doctores diagnosticaron que padezco un linfoma de Hodking. He sopesado si debería reducir estos hechos al ámbito de lo privado, silenciar mi enfermedad, atrincherar mis miedos bajo el burka de la discreción; no lo haré: creo que sería un error dar consideración de “íntimo” (y por tanto de sagrado) a un maldito cáncer. Frescos en mi memoria los casos recientes de conocidos que se fueron en tan sólo unos meses, me planteé si debería dejar de escribir mis textamentos (con x) y sentarme a redactar mi testamento (con s). Pero es tanta la confianza en los doctores que llevan mi caso, y en las fraternales señales de humo que me envían amigos que ya han pasado por lo mismo (“Podría ser peor”), que estoy convencido de que al final acabaré bailando el cancán sobre las cenizas de la adversidad.

Los efectos secundarios de la quimioterapia jugarán en mi contra, sí, pero me he prometido no faltar a una sola cita con los lectores que cada miércoles frecuentan mis palabras en la contraportada de este diario. La escritura, una vez más, será la prueba fehaciente (ante mis seres queridos y ante mí) de que sigo apurando el cáliz de la vida.

(2006)

GORGORITOS

Hace unos días me contó mi hermana una anécdota de la que mi memoria no guarda el menor rastro. Resulta que siendo niños fuimos a ver una actuación de gorgoritos en San Jorge, ese lugar mágico que en ocasiones se transforma en un paraíso de diversión para los más pequeños. Según la cronista, yo tendría cuatro años; ella, ocho. Estábamos tan embobados con la representación de los titiriteros que acabé por soltarme de su mano sin que se diera cuenta. Presa del pánico al percatarse del despiste, se echó a correr hacia la pescadería que tenía mi padre en Obispo Segura Sáez. Supongo que su congoja sería doble: por una parte, haber perdido a su hermanito entre la turbamulta; por otra, la más que probable reprimenda que iba a recibir de nuestro progenitor (todo un carácter). Cuando mi hermana se terminó de explicar entre lágrimas, mi padre saltó del mostrador y, sin quitarse el mandil, corrió a buscarme. La historia, esta vez, tiene un final feliz: me encontraron en la plaza de San Juan, caminando de la mano de una señora que amablemente se había ofrecido a llevarme a casa. Ya digo que no recuerdo nada, pero cuenta mi hermana que yo venía feliz, ajeno a la angustia que había generado mi desaparición.

Así que, reflexiono ahora, esta historia es la metáfora de mi vida: solo entre la multitud, absorto en un mundo de ficciones a la espera del socorro de la mano de una buena mujer (a veces no tan buena) mientras mi familia, preocupada, se pregunta una vez más dónde me habré metido. Y al fondo, esa palpitante sensación de que, pese a las numerosas deficiencias del guión, el espectáculo ha merecido la pena.   

(2006)

VÍAS MUERTAS

Lo peor llegó con la crisis del 93. Me levantaba a primera hora para comprar el Segundamano, y acto seguido regresaba a casa para rotular en círculos (como si fueran bocadillos de cómic) las ofertas laborales a las que podría optar alguien como yo: trabajos no cualificados y por tanto mal pagados. El siguiente paso era hacer las llamadas telefónicas. Con suerte, después de quince o veinte llamadas conseguía concertar cita para una entrevista. Salía precipitadamente de casa y me dirigía, primero en autobús y después en metro, a la jungla urbana. Era la crisis del 93, digo, y la gente había tomado las calles. Recuerdo una cola en Goya que daba la vuelta a la manzana. Desalentador, sí, pero al menos podías conversar con gente que también estaba en las últimas, compartir tus miserias durante un par de horas hasta que llegaba el momento del examen: “¿Tienes experiencia?”. “Nombre y teléfono”. “Ya te llamaremos”.

Y luego, la vuelta al hogar. El metro, el autobús, el cansancio. Ruth y yo vivíamos a 15 kms. de Conde de Casal, en un pequeño piso frente a las vías muertas de un viejo y solitario tren de mercancías. “¿Has encontrado trabajo?… Pues a ver cómo pagamos las facturas”. Para olvidar los problemas, al caer el sol me iba con Zar, nuestro cocker, a dar un paseo junto a las vías. Era la mejor hora del día: yo le lanzaba piedras que él me devolvía con gesto triunfal. Entonces me daba por pensar que alguna de aquellas noches vendría un tren fantasma y Zar y yo subiríamos a él para hacer un viaje sin retorno a un mundo mejor. Pero ese tren nunca vino y yo seguí comprando el Segundamano.      

LA TRAICIÓN DEL PADRE

Mi querido niño, dale un merecido descanso al chupete y dedícame unos segundos de tu tiempo: necesito hablar contigo. Tengo que contarte algo y prefiero hacerlo ahora que nuestra relación da sus primeros pasos. Ya tienes veintiún días de vida, edad más que suficiente para que empieces a conocer las debilidades de un padre.  

Lo que quiero decirte es esto: tu nacimiento fue motivo de alegría pero también de dolor, de mucho dolor. La alegría duró dos horas, el dolor se mantuvo lacerante durante días y residual durante al menos dos semanas. Y en esos primeros días en los que el sufrimiento cortaba la respiración, tu padre se comportó como Pedro cuando negó a Jesucristo. Yo estaba viviendo mi particular subida al Gólgota cuando renuncié a ti. En puridad no creo que renunciara a ti sino a tu presencia, aunque es casi lo mismo. Tu madre, que intentaba recuperarse en la habitación del hospital tras pasar por su segunda operación en menos de cuarenta y ocho horas, no hacía otra cosa que rogarles a las enfermeras, a los médicos, a Dios mismo, que le llevaran a su preciado bebé. Pero le dijeron (se lo dijeron a ella, porque tu padre seguía narcotizado) que debían mantenerte en la incubadora de manera preventiva. No iba a ser durante mucho tiempo, solo necesitabas un poco de oxígeno. Y allí te quedaste, en aquella urna de cristal, blindado de las inclemencias del mundo como si fueras el Santo Grial o un cuadro de Velázquez. El padre podría bajar al nido y verte, si lo deseaba. Eso dijeron las enfermeras. Pero el padre, tu padre, no tenía tales deseos. Le daba miedo enfrentarse a ti, tan rubio, tan pequeño, tan… diferente. Yo daba excusas y decía “luego le haré una visita”, pero no lo hacía. Aquel nido se había convertido de la noche a la mañana en el museo de todos mis fantasmas. No tenías más que dos o tres días de vida y ya me daba miedo tu diferencia.

El Diario Down, Francisco Rodríguez Criado, 7 textos autobiográficos
Francisco Rodríguez «Chico»

Querido niño, te hablo desde el corazón, no con la exuberancia de los adjetivos sino con la contundencia llana de los sustantivos; y desde el corazón te digo: aquello fue la traición de un padre. Yo quería –nadie podrá acusarme por ello– un niño sano, un heredero guapo y fuerte, un guerrero de grandes espaldas que perpetuara la dinastía familiar, un niño al que pasear por los campeonatos de la vida con orgullo infranqueable. Ese niño guerrero eras tú, más guapo y más fuerte que cualquier otro niño, anchas las espaldas como una portería de fútbol y con el valor de un hobbit, la puntería de un arquero elfo y la perseverancia de un enano. Eras un héroe a lo Tolkien pero entonces yo no lo sabía. Tampoco sabía nada de tu cardiopatía severa ni de esa intervención a corazón abierto, mi querido guerrero, por la que vas a pasar cuando tengas unos meses de vida. Nada sabía de ti ni de los tuyos. Sí, los tuyos, porque en esa urna yo no veía un niño normal, yo veía un niño con trisomía 21 que había venido al mundo para castigar al padre por sus muchos pecados. Veía simplemente a un niño con un síndrome, una palabra cuyo significado mi familia de orgullosos guerreros desconocía.

Tu padre te traicionó, rechazó tu presencia, rechazó visitar tu urna de cristal, esa urna medicinal en la que recibías el oxígeno que a mí me faltaba.

No me aflige el dolor cuando te cuento esto. No soy tampoco un masoquista que se azota con los malos recuerdos una y otra vez. No voy a pedirte perdón ni voy a darte estúpidas excusas. Solo te diré algo: en mi actitud había rechazo, sí, pero sobre todo miedo. El miedo a lo desconocido. Miedo a no saber cómo habla un niño Down, cómo camina un niño Down, cómo ama o detesta un niño Down. Tu padre nació con los cromosomas necesarios, ni uno más ni uno menos, y eso marca para lo bueno y para lo malo. ¿Cómo debía comportarme ante lo desconocido?, ¿cómo aceptar que lo desconocido, en una jugada letal, se había encarnado en mi propio hijo?

Insisto: no quiero, querido niño, tu perdón, solo quiero que me escuches. Quiero que sepas que al tercer día, como Jesucristo –tan sobrado de valor como yo escaso de él–, resucité. Recordé que yo había nacido con una salud sin fisuras y aun así he acabado perdiendo todas las batallas. Y entonces, ya en la habitación, te cogí por primera vez en mis brazos (unos brazos de harina) y te di un beso (unos labios igual de temblorosos). Pesabas como 120 kilogramos en mi pusilánime regazo, pero al menos no me caí al suelo, te ofrecí el calor de un padre, ese calor que nunca debió de haberte faltado.

Ahora que nadie nos ve ni nos escucha, te voy a decir algo: eres mi guerrero. Eres el pequeño gran guerrero de un padre que jamás volverá a traicionarte, un padre que jamás te negará, un padre feliz renacido de sus cenizas que se encargará de decirle y escribirle al mundo: “Mi hijo se llama Francisco y tiene el síndrome de Down”.

(2014)

DE VUELTA A CASA

Me acuerdo de cierto sábado por la tarde –yo tendría veinte años–, cuando aún vivía en casa de mis padres. Habíamos terminado de comer y, como ninguno de mis amigos podía quedar, me dispuse a tomar un café en El Gran Café, que quedaba muy cerca de nuestra vivienda. (Por aquella época todo lo importante quedaba muy cerca de la casa de mis padres).

Esa tarde me sentía terriblemente aburrido, así que, antes de nada, me daría una vuelta en mi Renault 5, un coche viejo y duro como la kryptonita, sin grandes comodidades, enemigo del lujo y del confort, y aun así para mí un aliado fiel y entrañable.  

Siempre me ha gustado conducir, me relaja mucho, así que me subí al coche y, tras rodear el paseo de Cánovas, me dejé llevar escuchando música, sin pensar nada, tan solo disfrutando el momento. Cuando quise darme cuenta ya había tomado la cuesta de la gasolinera Temis. Ya puestos, ¿por qué no darme un paseo hasta Trujillo y luego regresar? Y eso hice aquella tarde sin plan.   

Pero cuando estaba en Trujillo me dio pereza volver a casa, y seguí devorando kilómetros, sin prisa pero sin pausa. Estaba tan embobado escuchando a Manhattan Transfer a todo volumen, que ni siquiera me percaté, al atravesar Jaraicejo, de que conducía unos cuantos kilómetros por encima de la velocidad permitida. Sí lo hizo la patrulla de la guardia civil, que me impuso una multa dolorosa. No había piedad para los conductores de entonces: los garantes del orden hacían que detuvieras el vehículo y luego depositaban en tu mano aquel castigo en forma de papel. Era una sanción doble: te quitaban el dinero y el honor).

El ensueño de aquella tarde placentera se vino abajo con la dichosa multa. Cabreado por culpa del sablazo pero inasequible al desaliento, seguí conduciendo. Decidí tomarme el café que aún estaba pendiente en Madrid, una ciudad para mí desconocida. (Solo había estado en ella en un par de ocasiones, durante muy poco tiempo, y ambas en familia).

Esto no es una novela de carreteras ni nada parecido. (Debería haber escrito road movie, que queda más americano). Olvidaos, pues, de disfrutar una narración con muchas peripecias, a lo Jack Kerouac. Simplemente, diré la verdad: llegué hasta Madrid, donde la inercia me llevó casualmente hasta Leganitos (la calle en la que  yo viviría años después), me bajé del vehículo y me tomé en un local muy majo el dichoso y necesario café, que me devolvió la gloria perdida. Recuerdo que luego di un breve paseo por la Gran Vía (también tenemos una Gran Vía en Cáceres, pero todo el mundo estará de acuerdo en que no es lo mismo) y entré en una de esas tiendas que tienen de todo, tal vez fuera un Seven Eleven, donde compré un botellín de agua y un par de casetes, uno de Queen y otro de Nacha Pop, que podría escuchar por el camino.

Tras media hora de paseo capitalino, subí a mi viejo coche, dispuesto a hacerme otros 300 kilómetros. Cuando las huellas de la gran ciudad se fueron desdibujando del espejo retrovisor, eché cuentas del largo trayecto que me faltaba por recorrer. Habían sido demasiados gastos para tomar un café: la gasolina, la multa, las cintas… Por no hablar del gasto emocional tras el sermón de aquellos dos guardias civiles… Pero qué más daba: no iba a ser ni de lejos la peor jugada de mi vida.

Tres horas después ya estaba guardando el coche en mi garaje.

Me he acordado hoy de esta anécdota cuando conducía por la M-40 para recoger a Chico del colegio. Hacía tanto calor, estaba tan aburrido, sin nadie con quien quedar luego para tomar algo… que sentí la tentación de continuar carretera adelante. Es decir, en vez de girar hacia Pozuelo de Alarcón para recoger al niño (ya iría Madre Coraje a por él) y luego regresar al norte de Madrid, donde vivimos, podría seguir hasta la A-5 en dirección a mi ciudad natal. No tengo ahora un Renault 5, sino un coche más grande y cómodo. Podría estar bien seguir, seguir, seguir hasta Cáceres, seguir sin descanso, seguir En el camino, pasar por la vieja carretera de la N-V y cruzar Jaraicejo a paso de tortuga, demostrando que no siempre el hombre tropieza dos veces con la misma piedra. Regresar a casa de mis padres y saludarles como si no hubiera pasado nada, como si no me hubiera ausentado de casa toda la tarde y el inicio de la noche.

Mi madre estaría haciendo la cena y mi padre –estoy seguro– me preguntaría dónde había estado. Lo hacían a diario, mi padre y mi madre, preguntarme dónde había estado, pero yo siempre he sido un irreductible cheroqui y nunca les daba ese dato, porque compartir esa información sería como perder mi independencia, y a mí nunca me ha gustado que nadie me marque el paso.

Estadio Bernabéu, 7 textos autobiográficos

Pero esta vez, cuando mi padre me preguntara dónde había estado, que “no te hemos visto el pelo”, le respondería. Esta vez sí. Le diría:

–He estado en Madrid, padre. En las tres últimas décadas he estado en Madrid. En Madrid y en otros sitios. Ha sido un viaje duro. Me casé con una mujer buena, he tenido cinco o seis perros y muchos trabajos, he escrito algunos libros, he sufrido varias enfermedades, he tenido un precioso hijo con el síndrome de Down y otro que es más listo que tú y que yo juntos. Me han multado por ir demasiado rápido, pero luego me he tomado un café que me ha devuelto las ganas de vivir despacio. He vivido muchas experiencias que no le deseo a nadie y por momentos he sido el hombre más feliz del mundo. He sido y no he sido, he estado y no he estado, he sufrido y he reído, he muerto y renacido en varias ocasiones. Tres décadas dan para mucho, padre, pero ya estoy aquí, de vuelta en casa. Dispuesto a ver qué hacemos hoy contra los culés.   

Mi padre me escucharía sin decir nada, atraído por los destellos verdes de la televisión:  estaba a punto de comenzar el Real Madrid-Barcelona.

A ver qué cómo se comportaba hoy nuestro equipo. A ver cómo andaban de fino Buyo en la portería, Sanchís, Esteban y Tendillo en la defensa, los chicos de la Quinta del Buitre, Schuster, el cazagoles de Hugo Sánchez…

No era aquel un mal equipo. Y –ahora me doy cuenta de ello– tampoco era la mía una mala vida…

(2022)

Libros de Francisco Rodríguez Criado en Amazon: El Diario Down | Raros | Mi querido Dostoievski | Siete minutos | Un elefante en Harrods | Los zapatos de Knut Hamsun | Hombres, hombrinos, macacos y macaquinos |


Francisco Rodríguez Criado, escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. Los zapatos de Knut Hamsun (De la Luna Libros, 2018) y Hombres, hombrinos, macacos y macaquinos (2020) son sus últimos libro de relatos.


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Los zapatos de Knut Hamsun (relato)

Los zapatos de Knut Hamsun

La tengo bastante cariño a este cuento, «Los zapatos de Knut Hamsun», que escribí después de hurgar en la vida de un personaje ilustre. No quiero adelantar nada, para que leáis el cuento (si os decidís a hacerlo) sin apenas información sobre su contenido.

«Los zapatos de Knut Hamsun» es el título del relato y también del libro en el que fue publicado, junto a otras narraciones cortas, cortesía de De la Luna Libros (2018), en su colección de relatos Lunas de Poniente.

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