La felicidad de ‘Grease’

Grease, Olivia Newton-John

Yo tenía once años cuando vi Grease en un cine de Cáceres, quizá el Coliseum. Nunca olvidaré la emoción de entrar en esa oscura sala, y aun así iluminada por un glamur entonces inédito para mí, rodeado de numerosos amigos dispuestos a presenciar una película musical que a nuestra tierna edad nos iba a dejar una huella gratificante.

Y no era solo por la música, era por esa magia que tiene el cine para transportarte a otros mundos, a otros lugares, a otras vidas. A los pequeños espectadores de aquella sala abarrotada la película interpretada por Olivia Newton-John y John Travolta nos metía de lleno en un paraíso de luces, colores, canciones y emociones. No es extraño que Grease fuera la película más taquillera del año y que su banda sonora obtuviera un éxito memorable.

John Travolta y Olivia Newton-John no eran para nosotros simples actores, eran nuestros amigos. Esos amigos americanos y molones vestidos de ropa de cuero que a la primera de cambio se ponían a bailar y a cantar canciones pegadizas.

Pero es mucho más fácil representar la felicidad en una película que en la vida real. A los pocos meses del rodaje de Grease, la novia de John Travolta, Diana Hyland, murió de cáncer, como también lo haría en 2020 su esposa, Kelly Preston, por cáncer de pecho, y ahora su compañera de reparto y amiga Olivia Newton-John, que llevaba luchando contra esa misma enfermedad desde hacía treinta años.

Pero quién quiere quedarse con tanta desolación, tanto realismo inicuo que no entiende de luces, colores y canciones. Prefiero recordar aquella ficción edulcorada puesta al servicio de un espectador que tan solo quería pasar un buen rato y, como era mi caso, soñar que vivíamos en el mejor de los mundos posibles.

Olivia Newton-John triunfó en la gran pantalla y sufrió tras ella. Pero para mí será siempre será la inmortal Sandy que me colmó de bailes y sueños cuando yo era joven e ingenuo.

Francisco Rodríguez Criado, El Periódico de Extremadura, 10/8/2022

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A veces me planteo si merecería la pena apartarme de la civilización, hacer un Walden a lo Henry David Thoreau y huir a bosques recónditos para vivir en plenitud en la naturaleza, ajeno a tantos males que al parecer están a la vuelta de la esquina.

Tal vez así me libraría de las contracturas, los pensamientos circulares, las urgencias, de la necesidad de ir corriendo a todas partes. Podría cultivar un huertecito, dar largos paseos, tomar el sol, bañarme desnudo en aguas gélidas y asearme con jabón fabricado con mis propias manos.

Pero si abandonara la civilización para mudarme a una cabaña, no duraría una décima parte de lo que Henry David Thoreau estuvo apartado del mundanal ruido: dos años, dos meses y dos días. Qué tonterías: yo sobreviviría un par de días, tras los cuales pediría auxilio a la guardia civil con mi teléfono móvil 5G.

Aunque asumo que soy un urbanita convencido, no logro dejar a un lado la idea de que mi actual ritmo de vida (trabajo, contabilidad, crianza de los hijos, desplazamientos obligados en coche, escasez de tiempo para el ocio) no es bueno para la salud.

Los debates sobre el mundo rural versus la urbe son recurrentes, y una gran mayoría llega a la conclusión de que es más sano el campo, si bien paradójicamente –o no tanto– a esa mayoría no hay quien la saque de la ciudad, a no ser para dar un paseo furtivo por el campo para recoger espárragos.

Escribo estas líneas volanderas en un lugar de descanso, respirando aire puro, cerca del mar. Y, sin embargo, no consigo desconectarme de las mismas tareas y preocupaciones que me lastran cuando vivo en la gran ciudad. De hecho, lo primero que hago al despertar es consultar en el móvil cómo va todo: el fallido tren rápido de Extremadura, la crisis energética, la guerra en Ucrania, los nuevos casos de violencia…

Las vacaciones son para mí la misma batalla de siempre en un escenario  diferente.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de textos

Walden (en edición de Errata Naturae). Consultar en Amazon

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