Vidas ficticias

vidas ficticias

En su tesis sobre el cuento, Ricardo Piglia escribió que este género siempre narra dos historias. Su observación se desprende de una nota de cuaderno en el que Chéjov  consignó la anécdota de un hombre que gana un millón en un casino de Montecarlo y al llegar a casa se suicida. La paradoja del cuento está en lo imprevisible de su resolución. Lo lógico –si encontramos lógica en el suicidio– es matarse por perder hasta la camisa, no tras hacerse millonario jugando a la ruleta.

Confieso cierta fascinación literaria por esas personas que son puro cuento y que, por tanto, encierran dos historias en su interior, una de ellas ilógica. Emmanuel Carrere  relata en El adversario la decadencia de Jean-Claude Roman, una persona real que engañó a todo el mundo (familiares, amigos y compañeros), haciéndoles creer que era un médico de prestigio cuando lo cierto es que nunca había tenido trabajo ni había cursado carrera alguna. Antes que revelar a sus familiares su impostura, antes que confesar que era un ser de ficción, prefirió asesinarlos.  

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