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Tanto está aumentando el conocimiento en todos los ámbitos, que cada vez cuesta más distinguir la frontera que separa la ciencia de la ciencia ficción. En la época de los viajes espaciales, la inteligencia artificial o la reprogramación celular, a iconos literarios de lo imposible como Ray Bradbury o Isaac Asimov les quedan dos telediarios para convertirse en escritores realistas.

Así las cosas, ya aceptamos sin despeinarnos la noticia de que ciertos estudios “han identificado biomarcadores en muestra de tejido cerebral y en la sangre de personas que se suicidaron que se diferencian claramente de otras causas de muerte”. Esto significa que un análisis de sangre no solo podrá avisarnos de una anemia o una infección, ofrecer los índices de la glucosa y el colesterol, sino también si una persona proyecta abreviar por voluntad propia su estancia en esta puerca vida. Lo que no sabemos es si esto será una ayuda efectiva para salvar a suicidas en potencia, o si supondrá un agravio al constatar, negro sobre blanco, que hasta un informe médico puede airear que nuestra existencia es un asco.  

Y, ya puestos, si con un análisis de sangre se puede saber si una persona tiene intenciones de suicidarse, ¿quién nos dice que no acabarán añadiendo otros marcadores para revelar –es solo una idea– si nuestro futuro cónyuge nos va a ser infiel, o si se va a fugar con las joyas de la abuela?

Llevar el suicidio impreso en las venas es la enésima prueba de que la privacidad es una tarea imposible en el siglo XXI. Ya me imagino al doctor de turno recomendando al compungido paciente que deje el tabaco y el café, que haga más deporte y que frene el impulso de salir de casa por la ventana.

Acostumbrados en el Gran Hermano en que vivimos a que se fiscalicen nuestras finanzas, compras y aficiones, a partir de ahora habremos de asumir que, por culpa de la traicionera sangre, ni siquiera podremos ocultar nuestros planes más sombríos.

Francisco Rodríguez Criado, El Periódico de Extremadura, 27/3/2024.

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