La soledad de la colmena humana

La soledad de la colmena humana

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Tan interconectados como solos. Esta es la realidad de España en pleno siglo XXI. La sociedad moderna se caracteriza por una interconexión digital sin precedentes en la historia de la humanidad, y aun así la soledad sigue lastrando a un gran número de ciudadanos. Por decirlo en corto: estamos más acompañados que nunca en lo virtual y más solos que nunca en lo personal.

Es cierto que no lo es lo mismo una soledad buscada que una soledad indeseada, que es diferente estar solo a sentirse solo. Lo primero puede ser un revulsivo, una bocanada de aire fresco que nos permita un respiro en esta vida agitada que nos ha tocado en suerte. Lo segundo es un drama silencioso, con poca incidencia en los medios, que conlleva (o puede conllevar) depresión, ansiedad, enfermedades cardiovasculares, presión arterial alta, Alzheimer, suicidio, etc.

El  doctor Steve Cole, investigador de la Universidad de California, lleva años estudiando cómo afecta la soledad al sistema inmunitario, y tanto él como sus colegas han dictaminado que la soledad puede incluso provocar anomalías en las células que promueven la inflamación, necesarias para ayudar al organismo para recuperarse de las lesiones, pero muy nocivas cuando duran demasiado, pues son proclives a fomentar enfermedades crónicas.

Pero no es solo un asunto de la salud física. En sintonía como el antropólogo francés Amable Audins, el Premio Nobel de Literatura Octavio Paz señala en su famoso ensayo El laberinto de soledad (1950) la relación que hay entre la orfandad y el sentimiento de soledad, y pone de ejemplo el culto a Orfeo, que surgió tras el ocaso de la civilización aquea. Según Paz, la misión de rescatar la tradición social recayó en aquellas personas desarraigadas (los orphanos, ‘huérfanos’, ‘vacíos’) que ansiaban volver a aglutinar a la sociedad. Se sobrentiende que anida en el espíritu de quien está solo dejar de estarlo. “Huérfanos”, “vacíos” y “solitarios” siguen siendo conceptos sinónimos en la gran colmena humana del siglo XXI.

Los números son tozudos: según el INE (Instituto Nacional de Estadística), en 2021 había en España casi cinco millones de hogares unipersonales. Es decir: uno de cada cuatro. Cuántos de ellos viven solos por obligación y cuántos por voluntad propia es algo que no reflejan las estadísticas, pero intuimos que, escondidos entre la bruma de los fríos números, muchas personas carecen de la compañía real y humana con sus semejantes en el día a día, y sobreviven frágiles y desorientados cual personajes de Franz Kafka o Albert Camus.

Por concluir con los datos: en 2008 el suicidio se convirtió en la primera causa de muerte no natural en nuestro país, y desde 2018 el número de suicidios no ha parado de crecer en España: 3.941 defunciones en 2020, 4.003 en 2021 y 4.097 en 2022, según el INE.

En la era de las redes sociales y la comunicación digital masiva, resulta desalentador comprobar que incluso los jóvenes, pilar de la civilización, pueden sentirse solos aun estando rodeados virtualmente. Y los más mayores no se escapan de esta circunstancia. Hemos conseguido lo que a priori podría parecer imposible: vivir aislados en una inmensa colmena humana.

A pesar de la conectividad aparente, es posible que las interacciones digitales no llenen el vacío emocional que solo las conexiones personales de carne y hueso pueden satisfacer, como quedó demostrado durante la pandemia del coronavirus. La búsqueda de validación en las redes sociales puede generar una ilusión de compañía mientras se incrementa la distancia emocional en el mundo real. Esa soledad en los jóvenes de la que hablamos puede proceder en parte de la presión social y académica en la que están inmersos. El afán por destacar, la constante comparación con otros jóvenes en las redes, la “obligatoriedad” de exhibirse ante los ojos de los demás pueden desencadenar sentimientos de aislamiento y ansiedad.

Se deduce, pues, que si bien los avances tecnológicos sirven para conectar a las personas, cuando los empleamos mal o nos reducimos a ellos tienden a aislarnos. La creciente urbanización y la movilidad laboral son factores que suelen forzar a los ciudadanos a la búsqueda de conexiones significativas para no quedarse solos, para huir de la orfandad, para salir del foso… Con razón, el también Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez describió la soledad como “el fondo último de la condición humana”.

Expuesto el problema, ¿cómo solucionarlo? En opinión de los expertos, habría que fomentar la educación en habilidades sociales y emocionales desde la infancia, así como destacar la importancia del trato en persona. Las políticas públicas también deben considerar formas de crear comunidades más fuertes y solidarias, revitalizando los lazos vecinales y brindando apoyo a los grupos vulnerables. Y, en caso de necesidad, siempre queda el recurso de solicitar la ayuda de un profesional.

A través de la conciencia, la educación y el fortalecimiento de las conexiones humanas genuinas, es factible tejer una red de apoyo emocional que contrarreste los efectos nocivos de la soledad y evite que nos sintamos solos, huérfanos, vacíos. Salir de nosotros mismos y abrirnos al mundo y a los demás nos hará más libres, fuertes y optimistas.

Una sociedad sana que se precie de serlo no se distingue por el número de humanos que la componen, sino por su nivel de humanidad.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de estilo

Imagen destacada:  darksouls1 (Pixabay)

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