LSD, Francisco Rodríguez Criado

La revolución del LSD

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Comparto con los lectores de este espacio un artículo sobre el LSD que escribí en 2006, coincidiendo con el centenario del nacimiento de su «padre», Albert Hoffmann.

La revolución del LSD

Los círculos mediáticos, tan adictos a los centenarios como a las croquetas, han rescatado estos días la figura de Albert Hofmann, famoso por su descubrimiento de la dietilamida del ácido lisérgico, conocida popularmente como LSD[1]. No es la sustancia la que cumple cien años, sino el padre de la criatura, el citado químico, nacido en Baden (Suiza) en 1906, en el seno de una familia humilde.

Hofmann se topó de manera casual con el que para muchos sigue siendo el hallazgo psicofarmacológico más importante del siglo. En 1938 estaba investigando el cornezuelo, un hongo misterioso que se encuentra en el centeno, cuando cayó en las redes de estos entrañables alucinógenos.

Este fármaco conocería en décadas posteriores una notable revolución sociocultural. Emblema de los bulliciosos beatniks, bautizado por autores consagrados como Aldous Huxley, Timothy Leary o Jack Kerouac, el LSD llegó a ser la droga oficial del movimiento hippy en los años 60 y 70, esa época mitológica en la que, como sugeriría desde su cargo político el profesor Tierno Galván, lo moderno era “ponerse”.

Yo que siempre he sido moderno con décadas de retraso empiezo a plantearme últimamente el uso de este psicotrópico, al parecer en horas bajas pese a la defensa incondicional de hombres de letras como Sánchez Dragó, Antonio Escohotado o Fernando Savater, tipos versátiles que disertan sobre el “eterno retorno” de Nietzsche o la trasmigración de la especie al tiempo que lían un canuto. ¡Qué envidia! Hasta la fecha, mi currículum vítae en asuntos de drogas se limita a la anestesia dental y a esas tortillas de hojas de marihuana con taquitos de jamón que preparo algunas noches de luna llena para combatir mis achaques lumbares.

Pero sí, qué diablos, he de lanzarme al ruedo, esta vida sedentaria no da para grandes novelas. Como mucho, para un microrrelato.

Debería, imitando a aquellos que pretenden dejar el hábito del tabaco, escoger un día señalado como punto de partida, en mi caso, de los viajes alucinógenos. Las credenciales de esta droga, por cierto, son envidiables: provoca alteraciones mentales como la paranoia, la alucinosis, la esquizofrenia, la ansiedad o los ataques de pánico.

Pero, por otra parte, tengo dudas. Porque frecuento casi a diario estos estados mentales sin tener que recurrir a las drogas y a lo mejor no me compensa pagar por estas pequeñas dosis de autodestrucción cuando mi propia estructura psicológica me las ofrece gratis. Dicen que el LSD amplía hasta límites insospechados los campos de la conciencia. ¡Pero es que yo no quiero ensanchar mi conciencia, sino todo lo contrario! Con sus actuales dimensiones ya me da demasiados quebraderos de cabeza. Además, me asusta el hecho de que el padre de la criatura haya disfrutado una vida tan longeva (cien años por ahora y ahí sigue el tipo, sonriendo). ¿Qué ocurriría, Dios no lo quiera, si yo también alcanzara esa edad? Después de treinta y ocho años de vacío existencial, dos hernias discales y varias decenas de oficios –a cual de ellos más sangrante–, la simple hipótesis de sobrevivir otros sesenta y dos años, por muy placenteros que sean, me provoca urticaria.

Al final me veo como siempre: sentado en el sofá del salón con los pies sobre la mesa, tomando un zumito de naranjas, enfrascado en los novelones de Lajos Zilahy o Bashevis Singer mientras esas benditas cigüeñas cacereñas me saludan desde el otro lado de la ventana.

Bueno sería que asuma mi falta de combatividad de una vez por todas. Y que sean otros, ávidos de nuevas experiencias, quienes sigan mostrando al mundo las excelencias de la revolución.

Francisco Rodríguez Criado


[1] LSD es el acrónimo del término germano Lyserg Säure-Diäthylamid 25: dietilamida de ácido lisérgico. Aunque en el lenguaje culto puede ir antecedido del artículo “la” (“dietilamida” es un vocablo femenino), me he decantado por el empleo del artículo determinado en masculino para mantener su espíritu popular, tal como ha venido haciendo durante años la literatura del género.

Francisco Rodríguez Criado

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