Orfandad planetaria

Orfandad planetaria

Los investigadores han hallado un planeta parecido a la Tierra en la órbita de la estrella Próxima Centauri, a poco más de cuatro años luz. De aceptar el entusiasmo de los descubridores, deberíamos pensar que estamos ante un gran hallazgo. El planeta de marras, al que han llamado Próxima b, se encuentra a la vuelta de la esquina (¿qué son cuatro años luz, a fin de cuentas?) y, dicen, “podría ser apto para la vida”.

Algunos han puesto en marcha la imaginación esperando que este planeta sea el primer destino del primer viaje interplanetario. Ganas no faltan. El terrícola lleva decenios acusando cierta orfandad planetaria. Somos varios millones de habitantes, pero excesivamente similares. Algunos quisieran poder compartir agujeros negros con habitantes de otros planetas. Si nos aburrimos del cónyuge, el trabajo o la vivienda, ¿por qué no habríamos de aburrirnos de la humanidad entera? Necesitamos congéneres inéditos que alimenten nuestros estímulos desde lo desconocido. Han pasado siglos desde que Colón desembarcase junto a un grupo de indios en taparrabos tras hacer las Américas, y desde entonces no tenemos constancia irrefutable de otros alienígenas procedentes de mundos ignotos que hayan puesto los pies en este cenagal.

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Un rescate novelesco

Gideon Hodge

Los brazos bien abiertos, las piernas componiendo una larga zancada, una expresión dramática acomodada en el rostro. Esta pudiera ser una de las imágenes de la semana. En ella se ve a Gideon Hodge en pleno rescate novelesco en un barrio de Nueva Orleans. Puede que al lector el nombre no le diga nada, pero seguramente sabrá quién es si le doy tres palabras clave: escritor, incendio, novelas. Sí, Hodge es el escritor que corrió a la desesperada para salvar su ordenador del incendio de su vivienda. En él guardaba, ay, la única copia de dos novelas sin publicar. No sabemos si Hodge hubiera corrido hacia las llamas –desafiando los consejos de los bomberos– para salvar a su novia, que fue quien le dio el aviso, pero una novela bien vale una misa, y la propia vida, si fuera necesario. Si damos por cierta la advertencia del gran poeta norteamericano Walt Whitman (quien toca un libro, toca a un hombre), Hodge arriesgó la vida para salvar su alma.  

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Yo te sonrío

Real Madrid, Años 50

Real Madrid, Años 50

Desde que falleció mi padre, hace cuatro meses, no ha pasado un solo día sin que piense en él. Para mi asombro, esos pensamientos no están empañados por la pena o por el dolor. No he sentido una sensación asfixiante de orfandad, ni me pregunto mohíno si fui un hijo bueno o malo. No me planteo cuál de los dos tenía razón cuando discutíamos, ni hago recuento de los errores que cometí –digamos que muchos– y que él tuvo que reparar. No pienso en los dolores que tuvo en las últimas semanas en el sanatorio, ni en que me preguntara una y otra vez quién era yo. No pienso en que, aun siendo un apasionado del fútbol, acabara por olvidar quiénes eran Messi y Cristiano. Tampoco pienso en los objetos invisibles que trataba de coger con sus manos temblorosas cuando estaba confinado en una silla de ruedas.

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Homeschooling

homeschooling

La vuelta al cole suponía el feliz reencuentro con los compañeros y amigos de pupitre. Allí estaban de nuevo los Ayúcar, los Romero, los Tovar, los Maya, los Sáez, los Quintanilla de turno. Hombrecillos como yo que no levantábamos un palmo del suelo, pero con unas ganas tremendas de comernos el mundo, simbolizado entonces en el patio del recreo o en las aulas. Por lo general más altos y más bronceados, regresábamos tras el verano a nuestra segunda casa con el deseo apremiante de emborronar los nuevos cuadernos y hojear los libros que pulcramente habíamos plastificado. La vuelta al cole era –lo diré ya– el regreso al paraíso, a ese lugar que compaginaba la competición deportiva con la fascinación por el aprendizaje, ese espacio donde dar rienda suelta a nuestra imaginación y a nuestras energías.

Quizá porque viví con tanta pasión aquellos años escolares que me ayudaron a formarme como persona, veo con desconfianza sistemas pedagógicos como el homeschooling, término anglosajón que podríamos traducir por “tú te lo guisas, tú lo comes”.

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Depresión posvacacional

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He recibido una invitación vía email para asistir a un taller que enseña a superar la depresión posvacacional propia de estas fechas. Me he quedado triste pensando en esa pobre gente que ha estado en la playa con la familia o con los amigos, disfrutando de buenos baños entre mariscada y mariscada, o en esos que han hecho el añorado viaje cultural, por no hablar de los que han descansado del mundanal ruido en una isla paradisíaca con régimen de todo incluido. Sí, esa pobre gente ahora condenada a soportar su depresión estacional mientras yo me solazo en mi felicidad gracias a que he pasado todo el verano trabajando y sudando como un pollo, satisfecho porque el sitio más lejano y exótico al que he viajado ha sido el hipermercado de la esquina. Esto de no tener vacaciones relaja un montón y te da las energías necesarias hasta las próximas no-vacaciones de verano.

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Cuando no pasa nada

Usain Bolt

El periodo de pactos para elegir (o reelegir) presidente del gobierno ha impedido que algunos periodistas de renombre –y muchos otros que no lo son tanto– se hayan visto obligados a aplazar sus vacaciones veraniegas. Es comprensible: deben estar los mejores profesionales en sus puestos de trabajo para contarnos… que no hay nada que contar.

Vivimos el día de la marmota, políticamente hablando. La gran noticia es que sigue sin haber noticias. Rajoy hace footing con su estilo mariposón, como cada año; Pedro Sánchez abunda en el “no es no”; Pablo Iglesias sigue esperando que Sánchez deshoje la margarita para promover un gobierno progresista; y Albert Rivera desestima posibilitar un gobierno de Rajoy los días pares, mientras que los impares urge al líder del PSOE para que tenga sentido de estado y se abstenga en la investidura.   

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Profesiones de futuro

profesiones de futuro

 

Algunas profesiones están condenadas al ostracismo, cuando no a desaparecer. Es el caso de los serenos, los afiladores de cuchillos callejeros, los músicos con cabra y escalera o los acomodadores de cine, a quienes no he vuelto a ver desde hace décadas. Tampoco pinta bien la cosa para los artesanos que trabajan con sus manos el barro, la pizarra o la hojalata, sobre los cuales ya escribí un libro. Desaparecerán, si no lo han hecho ya, los profesores de latín y griego, y también los de la hoy denostada filosofía. Pero los más avispados podrán sobrevivir dando clases de masturbación, impartiendo talleres de constelaciones familiares o adivinando nuestro aciago futuro en los posos del café. Renovarse o morir, esa es la clave.

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Descansar de la familia

descansar de la familia

Tras las vacaciones de verano las consultas de los psicólogos y abogados reciben más clientes que nunca: los psicólogos para tratar de aplacar el estrés sufrido por la pareja durante el impasse y los abogados, para tramitarles el divorcio.

Las vacaciones organizadas para descanso de la tribu familiar son agotadoras y causan más inconvenientes que beneficios. Lógico: el tiempo que antes dedicaba uno en santa paz a trabajar en la oficina o a reforestar bosques tiene que emplearlo ahora en cohabitar con los seres queridos, y ya se sabe que la confianza da asco. 

Vacacionar es duro y, además, dañino, porque demasiada vida en familia puede acabar destrozando lo que más quieres: la propia familia. Lo ideal sería escalonar las vacaciones: mandar a los niños al campamento en julio y dividir el mes de agosto en dos: una quincena para el marido y otra para la esposa. No es cuestión de descansar a secas, ni descansar con la familia, el objetivo es descansar de la familia. Ella podría tomarse unos días de meditación en el Tíbet y él marcharse a recoger cangrejos gigantes a Tahití (o viceversa) mientras los más pequeños se quedan en casa tras el campamento, libres de sus padres, haciendo lo que no pueden hacer el resto del año: respirar tranquilos.

No es de extrañar que algunos padres se carguen de trabajo, excusa social con la que más de uno sortea el estrés familiar. Más paradójico es el caso de esos padres conservadores que rehúyen de su progenie y a quienes solo se les ve con ella en las manifestaciones profamilia.

La familia es una ONG y un depredador al mismo tiempo: te lo da todo, pero también te roba hasta la última de tus energías. Un periodo vacacional en soledad podría ser la fórmula para hundirles el negocio septembrino a abogados y psicólogos, y de paso restituir la armonía en el hogar. Para amar, como para todo, hay que estar descansado.

Francisco Rodríguez Criado, El Periódico Extremadura, 29-7-2016

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Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo y trabaja como redactor de contenidos para publicaciones de diversa temática. Su blog Narrativa Breve es uno de los espacios literarios más leídos en lengua castellana. El diario Down, testimonio literario sobre la paternidad y el síndrome de Down, es su último libro. (Web) (Facebook).


La trisomía del 21, según Canadá

Canadá, trisomía del 21

Respiro aliviado ahora que Canadá se va a ahorrar esos costos adicionales. No han explicado cuáles son exactamente, pero intuyo que si hubieran acogido de manera permanente a un joven con el síndrome de Down, el Estado se habría arruinado y sufrido una crisis de la que tardaría lustros en recuperarse. Imagino el desplome de la bolsa, el cierre de numerosos negocios, una subida sinigual del índice del paro y una mendicidad que haría insoportable pasear por las calles de Toronto.  

Canadá es por méritos propios uno de los países más celebrados del planeta. La belleza de sus paisajes, su alto nivel democrático y económico, la salubridad de su atmósfera, sus pistas de patinaje, su producción de chocolate y el buen humor y la exquisita educación de sus ciudadanos le confieren un aura de paraíso terrenal. Una nación que es, además, una de las más solidarias con los discapacitados.

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Irlanda, mesón de cerveza y melancolías

 Francisco Rodríguez Criado, Cork, Irlanda

 

Como aquí no había nada que hacer; decidí escaparme a Irlanda. Huir, a la larga, es la forma más intensa de conocer mundo. Y de conocerse a uno mismo. Viajé a Cork con la intención de quedarme en ella quince días; al final mi estancia se alargó a un par de meses: dos meses de frío y desasosiegos, esa palabra/sentimiento que frecuentaba Pessoa y que tantos escalofríos le producen a este servidor.

Nada de cámaras fotográficas ni poses de turista japonés. Simplemente Cork, guapa y atlántica, en estado puro y duro. Con sus iglesias y sus bares. Su lucidez y sus arrebatos. Sus luces y sus ocasos. Todo envuelto en ese abrupto clima oceánico, donde  sol y lluvia intercambian sus voces en un interminable blues cansino.

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