Su querida tierra es apenas un espejismo. Se acuerda de los campos luminosos de Almazán donde dio sus primeros pasos tras las faldas de su madre y su hermana. Recuerda haber crecido observado por la plaza Mayor y la iglesia de San Miguel, aquel primer beso junto al palacio de los Hurtado Mendoza y otros momentos cargados de significado. Pero los rememora con extrañamiento, como si él no fuera el protagonista de esos recuerdos, como si no fuera él quien se casara en la iglesia de Nuestra Señora del Campanario, donde bautizaría a sus dos hijos. Se recuerda fuera de su tierra, cuando se marchó para hacer el servicio militar, y de regreso, con un petate a la espalda y su madre dando gritos de contento cuando cierto día entró en casa por sorpresa.
Esa misma casa a cuya puerta está sentado ahora, en una silla de mimbre, observando ensimismado a la entusiasta chavalería en dirección al centro para ver las procesiones de Semana Santa. En otro tiempo, en otra vida, hubiera ido a la misa de apertura en la iglesia de Santa María de Calatañazor, pero ahora no le acompañan los pies ni el espíritu.
Es un mundo móvil el que se cuela en su retina. Los jóvenes, los pasos, el tránsito de la noche al día, de la vida a la muerte. Todo se mueve a velocidades vertiginosas.
Ya no está el Brujo, que se reía de su perilla.
No está Ezequiel, el amigo mecánico que le ponía el coche a punto.
Y no está Marta, su amor, que se marchó con la primera ola de la pandemia y lo dejó a él impotente, postrado a las puertas de esta casa familiar en una estrecha y antigua calle de Almazán, observando un mundo que no le observa a él.
Del interior de la vivienda sale Sonia, doce añitos, el brillo de la juventud en la mirada. Se sienta junto a él, le coge la mano, le mira a los ojos y le sonríe.
–Todo bien, ¿abuelo?
El abuelo asiente con la cabeza.
La niña se adapta a sus movimientos lentos, y en silencio une su mirada a la de él: dos generaciones hermanadas en una sola mirada.
La calle ya no le resulta ajena al buen hombre. Confortado por el calor de la sangre de su sangre, se siente historia viva de esta villa fortificada.
Francisco Rodríguez Criado
El microrrelato «Memoria viva» obtuvo el accésit del V Concurso de Microrrelatos Ayuntamiento de Almazán (2024).
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