Los zapatos de Knut Hamsun (relato)

La tengo bastante cariño a este cuento, “Los zapatos de Knut Hamsun”, que escribí después de hurgar en la vida de un personaje ilustre. No quiero adelantar nada, para que leáis el cuento (si os decidís a hacerlo) sin apenas información sobre su contenido.

“Los zapatos de Knut Hamsun” es el título del relato y también del libro en el que fue publicado, junto a otras narraciones cortas, cortesía de De la Luna Libros (2018), en su colección de relatos Lunas de Poniente.

Espero que os guste.

Nuevamente había ido para sentarme a un cementerio y había escrito un artículo para un periódico. Mientras estaba trabajando allí dieron las diez, la noche cayó e iban a cerrar las puertas. Tenía hambre, mucha hambre. Desgraciadamente, las diez coronas solo habían durado poco tiempo. Ya hacía dos, casi tres días, que no comía nada, y me sentía deprimido; hasta sostener el lápiz me fatigaba. Tenía en el bolsillo la mitad de un cortaplumas y un manojo de llaves, pero ni un cuarto.

(Hambre, Knut Hamsun).

Relato de Francisco Rodríguez Criado: Los zapatos de Knut Hamsun

Había dormido poco y mal.

Tratando de combatir el frío, se había acostado una vez más con ropa de calle (no tenía otra). Arrebujado bajo una escuálida manta, no pudo conciliar el sueño profundo hasta bien entrada el alba. La luz del nuevo día se coló entre los visillos, iluminando tenuemente las paredes desnudas de su cuarto. Incapaz de seguir durmiendo, se levantó del camastro, se lavó la cara ojerosa y las manos en la palangana y se miró en un pequeño espejo que guardaba en el cajón de la mesita. Estaba pálido como un cadáver y había perdido mucho peso en los últimos tiempos. Su estómago empezó a tamborilear. A sabiendas de que no podría satisfacer sus necesidades, optó por acostarse de nuevo.

Era ya media mañana cuando abandonó la habitación. Justo en el momento de tomar la calle, fue abordado por una sombra que había surgido a sus espaldas. Ese alguien resultó ser la señora Gundersen, que había salido veloz y subrepticiamente de la portería al divisar su silueta. 

En cuestión de segundos, Knut se vio zarandeado por ella.

–¡Déjeme, por favor! ¿Qué le he hecho yo? ¡Por Dios! –comenzó a gritar–. ¿No ve que me hace daño?

Pero la señora Gundersen seguía retorciéndole la muñeca sin piedad. ¡Aquello era algo inaudito! Maltratado por una mujer de no menos de sesenta y cinco años… Era bajita y delgada, todo huesos y piel, pero había sacado fuerzas de quién sabe dónde para arremeter contra su huésped.

Cuando por fin consiguió liberar su muñeca, Knut se enfrentó a ella:

–¿Se puede saber qué demonios le ocurre?

Los ojos de la mujer se iluminaron sospechosamente. Daban miedo.

–Me debe tres meses de alquiler, ¿me oye? Tres meses… ¡Qué desfachatez!

–Ah, eso…

(Era siempre la misma historia).

–Sí, eso –dijo la patrona con los brazos en jarras.

–Es cierto…

–¡Ah, reconoce que es cierto! ¿Y qué tiene que decir al respecto?

Knut se humedeció la lengua, se ajustó los lentes y se peinó el cabello con los dedos mientras encontraba algo convincente que decir. Su orgullo por un lado, y su condición de inquilino moroso por otro, le oscurecían el ánimo. 

Le sorprendía aquella escena. La señora Gundersen nunca había sido amable con él, pero aquella agresividad tampoco era propia de ella.

–De acuerdo, de acuerdo –dijo, vencido por las circunstancias–. Le debo tres meses. ¿Pero qué diablos quiere de mí? Soy un pobre hombre. Solo eso: un pobre hombre… Le diré la verdad: no me queda ni una mísera corona. ¡Qué digo una corona, ni un ore me queda! Todo lo que tengo son estas ropas andrajosas que llevo puestas. Nada más que eso. No creo que pueda pagarle. Al menos, por ahora. El editor dijo que me iba a mandar un talón, pero ya ve, los editores son así. Hoy te dicen blanco y mañana, negro. Hoy te comen la oreja y al día siguiente ya no se acuerdan de ti… Todavía me debe diez coronas el director del periódico por un par de artículos que publicaron la pasada semana. No sé cuándo los cobraré. ¿Y cree que a él le preocupa que yo pase hambre? ¡Qué va! Quiso darme un adelanto, cierto, pero no lo acepté por dignidad… Ojalá hubiera cogido ese dinero. Mi estómago no quiere dignidad sino comida… Y usted, ¿qué quiere de mí? Haga la que crea conveniente. No puedo pagarle, no puedo decírselo más claro. No puedo pagarle, ya ve. Hace tres días que no como nada. ¡Nada!, ¿me oye? Ni siquiera un mísero bollo de pan… Es una contrariedad, sí, una contrariedad… Haga usted lo que tenga que hacer. No puedo pagarle.

La señora Gundersen, herida en su honor de casera, se quedó sin habla. No obstante, se tragó la ira y siguió callada durante unos segundos. Él tampoco se atrevió a romper ese tiempo muerto. ¿Acaso tenía algo más que decir?

–Mire usted qué zapatos –observó la señora Gundersen finalmente–. Me daría vergüenza salir así a la calle, con esos pantalones sucios y ese abrigo… Seguro que ya era una piltrafa cuando pertenecía a su padre. ¡Tres días sin comer! –repitió para sí–. Un hombre de su edad, ¿dónde se habrá visto algo parecido?

La mujer se dio media vuelta y regresó a sus quehaceres rumiando reproches.

Knut se subió el cuello de su abrigo raído y se echó a caminar por aquella acera mustia de finales de octubre. Las calles de Christiania estaban bulliciosas a esa hora de la mañana. A lo lejos se escuchaba la música de un alegre organillo.

Le dio por recordar tiempos no demasiados lejanos en los que, al igual que hoy, salía con el estómago rebelde. Pero entonces tenía algo de dinero en el bolsillo y podía permitirse el lujo de desayunar rebanadas de pan con manteca y compota en algún café confortable. ¡Qué tiempos aquellos! En alguna ocasión llegó incluso a contratar los servicios de un cochero para que le llevara hasta el Servicio Cartográfico, su edificio preferido. Para él era un placer plantarse frente a él y contemplarlo durante horas. Ahora, sin embargo, no podría hacer nada de eso. Hubiera dado el dedo meñique de su mano izquierda (y tal vez también el de la derecha) por una taza de café bien caliente. Solo eso: una taza de café. Y un panecillo, si no era mucho pedir. Desgraciadamente, ya no le quedaba nada que empeñar. La última vez que visitó al prestamista de la calle de los Saules (nunca recordaba su nombre pese a que le había visitado varias veces) llevó una colcha y los botones de su abrigo, pero no obtuvo nada por ellos. Eran, al parecer, artículos sin valor.

En días así, Knut se sentía un hombre acabado.

Intentó infructuosamente olvidar el incidente con la patrona. No sabía exactamente en qué situación estaba ahora. En cierta manera, él le había mentido (nunca hasta ahora se había atrevido a decirle que no podría pagarle el alquiler, aunque ella debería haberlo imaginado). Estaría furiosa con él, seguro. Y era muy probable que al regresar a casa le diera la noticia de que tenía que abandonar su cuarto.

Todavía tenía en su habitación un par de mudas y una camisa. Y una novela de Bjørnstjerne Martinus Bjørnson, que todavía no había leído. El camastro, la mesita y la butaca roja de báscula a modo de mecedora eran propiedad de la patrona.

Haciendo un esfuerzo, decidió olvidar aquel asunto. 

Necesitaba dinero, pero ¿cómo conseguirlo? Últimamente, la suerte no le acompañaba. Los directores de los periódicos rechazaban casi todos sus artículos, incluido El Comendador, que hasta entonces había sido su tabla de salvación en los momentos de mayor apuro. Había solicitado una plaza de auxiliar de caja, pero había llegado tarde: el puesto ya estaba ocupado. Tampoco consiguió que lo contrataran como tenedor de libros. Siempre había alguien que se le adelantaba.

Estuvo vagabundeando por la ciudad durante un tiempo indefinido. La Plaza del Lund, la calle Graensen, la Plaza de San Olaf… Durante un rato se entretuvo observando los libros expuestos en el escaparate de la librería de Pascha… Desestimó ir al cementerio del Salvador, lugar que había escogido últimamente para escribir sus artículos. Al final fueron sus piernas, con esa decisión que a él le faltaba, quienes lo condujeron hasta el muelle. Allí podría buscar un empleo. Se le ocurrió que podría enrolarse en el buque La Monja, que estaba a punto de zarpar. Igual lograba pagar con su trabajo el pasaje para Arcángel, o a algún otro puerto. Pero iba a ser difícil, bien mirado. Un tipo que se levantaba a las once de la mañana –ya le conocían de vista y sabían que nunca aparecía por allí antes de esa hora– no era otra cosa que un diletante. Desde luego, no daba el perfil de marinero robusto y sacrificado. Pero se armó de valor e hizo lo que se había propuesto: pedir trabajo. El capitán se rio de él en sus propias narices.

Probó en otros buques y obtuvo respuestas similares, todas ellas despectivas:

Usted no nos vale porque es un vago.

No nos vale porque es demasiado viejo y enclenque,

o directamente

¡Lárguese de aquí y no moleste!

Knut bajó la cabeza y se marchó.

Deprimido, veía con terror que el asfalto avanzaba furiosamente hacia sus pies como si lava de un volcán se tratara.

Metió las manos en el bolsillo, donde palpó unas cuartillas, la mitad de un cortaplumas, un manojo de llaves y un arrugado bono de peluquería. Era todo cuanto tenía.

Sintió hambre renovada.

En el escaparate de una pastelería estampó la nariz, babeando igual que lo hiciera treinta años atrás, cuando era un crío de pantalones cortos.

Definitivamente, la vida no había sido generosa con él. Sus padres, sus amigos, todos le decían: “No serás nadie”. Eso era lo que habían dicho cuando aún estaba a tiempo de cambiar y hacerse un hombre de bien. El tiempo, juez incorrupto, les había dado la razón.

A media tarde se quedó dormido en el banco del Parque del Castillo. Fueron los niños del barrio quienes le despertaron con la algarabía de sus juegos. Knut les miró con los ojos aún nebulosos y deseó, al verles tan satisfechos, ser padre, tener un hijo como esos que ahora correteaban frente a él, un hijo reluciente de felicidad, una fuente que le suministrara dosis de alegría día a día.

Pero aquellos críos no eran tan inocentes como cabría esperar. Nada más incorporarse del banco, comenzaron a reírse de él. ¡¿De qué se reían?! Apuntaban a sus pies. Ah, sí, se reían de los bajos deshilachados de sus pantalones. Allá ellos. “Está bien, está bien. No pasa nada”. Aquellos tiranuelos habían disfrutado lo suyo, pensó Knut. La vida les daría una lección cuando fueran mayores. Pero mientras llegara ese momento seguían riéndose de su aspecto desaliñado. Algunos adultos contemplaban la escena, pero ninguno de ellos tuvo el coraje de reprenderles. Al contrario: sonreían mientras veían cómo Knut abandonaba el parque.

Todo les resultaba tan gracioso…

Ya no había ni rastro de sol. La ciudad se había oscurecido de repente. Los faroles empezaron a iluminarse uno tras otro. Aquello le gustó, a su manera era un tipo nocturno.

Durante unos minutos se olvidó de sí mismo y se dejó llevar por un ambiente plagado de voces. Se cruzó con numerosos peatones, las cabezas enfundadas en gorros de lana, que ni siquiera le dirigían la mirada. Knut estaba en el limbo, como si fuera un niño de apenas cuatro o cinco años que llega por primera vez a la ciudad.

Los chasquidos de las fustas de los cocheros le devolvieron a la realidad. El frío de la tarde otoñal le estaba calando los huesos.

Aceleró el ritmo.

Media hora después ya estaba en las cercanías de su casa. De la casa de la señora Gundersen. Allí estaba su buhardilla, un cuarto mísero, tétrico, sin luz, que años atrás había sido el taller de un hojalatero.

Entró en el portal y empezó a subir las escaleras. Notó que alguien se detuvo a observarle. No supo –no quiso– distinguir si se trataba de la señora Gundersen. Desde luego, no hizo el menor gesto para girar la mirada y comprobarlo. Le dolían las plantas de los pies, ¡y aún tenía que subir cuatro pisos! Entonces se echó a reír. Era una risa fantasmal, liberadora. Se reía porque ahora lo entendía todo. ¡Aquellos bribones de niños se la habían jugado! Le habían robado los zapatos mientras dormía. Knut sintió una repentina oleada de afecto por ellos. A su edad, él había sido como ellos, o quizá peor.

Miró nuevamente sus pies. Los dedos, sucios y con evidentes síntomas de artrosis, salían a la luz por los agujeros torpemente remendados de los calcetines, más parecidos a un trapo de cocina que a una prenda de vestir.

Incapaz de contenerse, volvió a emitir una sonora carcajada. 

Tal vez no pudiera dormir esa noche en aquel lugar, pensó mientras subía las escaleras al recordar el incidente con la patrona. Tendría que regresar al parque. Allí al menos disponía de un banco donde tumbarse, siempre y cuando algún guardia excesivamente celoso de sus obligaciones no interrumpiese su sueño para pedirle que se marchara. Al menos ahora nadie podría robarle los zapatos, pensó. Y se echó a reír de nuevo recreándose en ese pensamiento.

La vida era bella, a fin de cuentas.

Knut estaba agotado cuando se plantó frente a la puerta de su cuarto. Su mano temblaba mientras hacía girar la llave en la oxidada cerradura.

Una vez dentro, recibió una ola de bienestar. El cuarto estaba silencioso y fresco; era como si hubiera entrado en una catedral. Hogar dulce hogar. Estaba contento de seguir manteniendo sus constantes vitales, de sentir eso que llaman querencia al hogar, a la vida. ¡Era un ser humano… todavía! ¡Un ser humano! Lo repitió una y otra vez para sus adentros. “¡Soy un ser humano, un ciudadano noruego de primera categoría!”.

Se quitó el abrigo y lo arrojó sobre la cama. Entonces vio algo inesperado. Alguien había dejado una bandeja en la mesita de cabecera. Una bandeja con comida: unas lonchas de salmón ahumado con huevos revueltos, un par de salchichas acompañadas de crema de patata, un bollo de pan de trigo, un pequeño cuenco con manteca, un vaso de leche y dos piezas de manzana. “¡Ajá –se dijo–, he aquí la prueba de que Dios existe! ¡Claro que existe!”.

Se sentó en el borde de la cama, acercó la mesita hacia sí y comenzó a comer. Masticaba con apetito. ¿Apetito? Era algo más que apetito. Más que masticar lo que hacía era devorar los alimentos. Hacía meses que no comía nada igual.

Entonces se abrió la puerta y la silueta apergaminada de la señora Gundersen se recortó en el umbral. La veía como en brumas. “El efecto de la comida después de tanto tiempo con el estómago vacío”, pensó. La miraba sin decir nada, absorto como quien ve a su difunto padre, o tal vez a Jorge V, o a Napoleón Bonaparte. (Pero ¿dónde estarían estos hombres a estas alturas? Él al menos era un ser humano. Un ser humano vivo).

–¡Usted, aquí! –dijo él con la boca llena–. Ya ve –añadió por decir algo, sin dejar de masticar. 

La mujer traía un par de zapatos, uno en cada mano. Knut les echó un rápido vistazo. Parecían de buena calidad. Tendrían al menos veinte o treinta años de antigüedad, y eso era la prueba precisamente de que eran unos buenos zapatos. De buen material, como los que se hacían antes.

La mujer avanzó hasta dejarlos en el suelo, a los pies de Knut. Lo hizo sin doblar las rodillas, con cierta elegancia podría decirse. Miraba a su huésped con los ojos bien abiertos: le resultaba insultante su insaciable apetito. Knut, mientras tanto, comía y comía sin preocuparme de ella. La señora Gundersen, visiblemente incómoda, se comportaba como si tuviera enfrente no a un hombre, sino a una fiera del zoo.

No obstante, durante un par de segundos Knut adivinó en su rostro un gesto de compasión justo antes de darse media vuelta y abandonar la habitación, cerrando la puerta suavemente.

Knut comenzó a pelar con el cuchillo una de las manzanas. En esas estaba cuando de repente se abrió la puerta de un rápido movimiento. Era otra vez ella. Dio un paso adelante y le dijo a voces:

–¡De la literatura no se vive!, ¿me oye? ¡De la literatura no se vive! ¡Mírese!

Knut se miró sin encontrar nada especial. Un hombre tan solo. Era fundamentalmente una persona, nada más que eso.

Quiso decir algo. Sí, algo como “Tiene usted razón, tiene usted razón”. O quizá: “Los huevos estaban exquisitos”. Pero no le dio tiempo. Ella se marchó de nuevo, en esta ocasión dando un portazo.

Él siguió a lo suyo. Comer era entonces algo más que una actividad elemental. En esos momentos era una actividad filosófica, espiritual, religiosa incluso. 

Cuando dio cuenta de la última manzana, respiró profundamente, se levantó y estiró los brazos mientras soltaba un eructo. Se sentía estupendamente. Cogió los zapatos y se los calzó con pasión infantil. Le sentaban muy bien. Sin quitárselos, se tumbó en la cama y dedicó una mirada al techo. Se acordó de los chavales del parque, esos bribones. Sí, se habían reído lo suyo. Ahora estarían en sus casas, calientes y bien alimentados, mimados por sus padres. “Me gustaría que me vieran en este momento”, pensó Knut. “Al diablo”, se dijo acto seguido. Estaba orgulloso porque por vez primera un hombrecillo inútil y perezoso les había ganado la partida. Impulsado por un estímulo irrefrenable, sacó una cuartilla y su pluma y empezó a escribir una historia sobre un escritor pobre que vive en una pensión, un tipo inocente al que unos bribonzuelos le roban los zapatos. En la historia, el hombre regresa a la pensión y la dueña, al verle sin zapatos, le deja en la calle después de echarle en cara que le debe tres meses de alquiler. Sí, eso era lo que escribiría. Una historia triste, más triste que su propia vida.

Pluma en la mano, hizo un descanso para analizar la situación. Tal vez debería escribir algo más alegre. En el fondo, le daba vergüenza reconocer que todavía quedaba gente como su casera, gente que en la vida real puede ayudarte cuando menos lo esperas sin pretender recibir nada a cambio. Le costaba aceptar las buenas acciones del ser humano. Esas cosas le hacían ponerse sentimental.

En ese instante desconocía que al correr el tiempo, unos bribonzuelos (los mismos, o tal vez otros parecidos) volverían a robarle los zapatos. En ese mismo parque, en el mismo banco, una tarde cualquiera. Era un animal de costumbres, para bien y para mal, y dormir sobre un banco se había convertido en un ritual para él.

Aún faltaban muchas cosas por vivir. Sucesos, buenos y malos, que ahora no se le pasaban por la imaginación.

Se llamaba Knut Hamsun y era escritor, y aquella noche de 1893 solo tenía una certeza incuestionable: al día siguiente volvería a pasar hambre. 

Nota del autor

Knut Hamsun (1859–1952) es el pseudónimo de Knut Pedersen. Gran parte de la crítica considera a Hamsun uno de los dos mejores escritores noruegos de todos los tiempos. (El otro es Henrik Ibsen). Vivió en la indigencia durante años. La novela autobiográfica Hambre (de cuyas fuentes bebe este relato inventado) le lanzó a la fama. En 1920 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura.

“Los zapatos de Knut Hamsun” narra un hecho ficticio que no aparece en ningún libro del autor noruego.

La ciudad de Christiania es la actual Oslo, capital de Noruega.

Sobre el hambre y el oficio de escribir, todo está dicho ya.

Francisco Rodríguez Criado

Emilio Gavilanes, en La Discreta

Gloria Díez, en Escribir y Corregir

Knut Hamsun, soñador y conquistador

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