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Irlanda, mesón de cerveza y melancolías - Francisco Rodríguez Criado | Francisco Rodríguez Criado

Irlanda, mesón de cerveza y melancolías

 Francisco Rodríguez Criado, Cork, Irlanda

 

Como aquí no había nada que hacer; decidí escaparme a Irlanda. Huir, a la larga, es la forma más intensa de conocer mundo. Y de conocerse a uno mismo. Viajé a Cork con la intención de quedarme en ella quince días; al final mi estancia se alargó a un par de meses: dos meses de frío y desasosiegos, esa palabra/sentimiento que frecuentaba Pessoa y que tantos escalofríos le producen a este servidor.

Nada de cámaras fotográficas ni poses de turista japonés. Simplemente Cork, guapa y atlántica, en estado puro y duro. Con sus iglesias y sus bares. Su lucidez y sus arrebatos. Sus luces y sus ocasos. Todo envuelto en ese abrupto clima oceánico, donde  sol y lluvia intercambian sus voces en un interminable blues cansino.

Alojado en una casa cochambrosa –vieja, anticuada, todos los suelos alfombrados, incluido el de la cocina– que compartía mi amigo Jose con otros estudiantes de las pasiones aventureras, saboreé un país que huele a cerveza y a melancolía. Irlanda es un país donde se bebe. Y donde se siente. Y a veces –por no decir siempre– se bebe para no sentir.

No puedo recordar nada de las conversaciones de aquellos mis primeros días en la isla. La lengua inglesa, de la que me había divorciado cordialmente al desertar del Instituto, me apartaba de la realidad circundante. Ahora, más que nunca, me sentí  extranjero, ese ser inadaptado que tan bien noveló Camus. A marchas forzadas –por eso de que ser extranjero un ratito está bien pero a la larga acaba por agotar– hice todo lo posible por recuperar, cual hijo pródigo, la compañía de to be y to have, dos verbos que resumen –pero no solucionan– los problemas existenciales del ser humano.

La costa Connemara, protegida por sus valles, inmensos en extensión y belleza; el vértigo inevitable de los Cliffs of Moher; la calidez hospitalaria de los B. and B. (Bed and Breakfast); los arrebatadores castillos medievales: Blarney, Kilkenny; pueblos costeros pintorescos y turísticos como Kinsale… Irlanda arrastra a su pesar una belleza inhóspita y dramática que hiere a la vista. Porque eso es básicamente Irlanda, un hermoso país que duele, reconforta y aprisiona.

Saint Patrick, sacudida por el viento, las tiendas y los borrachos, conforma el corazón de la ciudad. En sus arterias, los típicos pubs irlandeses se arman hasta las cejas de alcohol, violines y gaitas para sangrar o desangrar a los jóvenes y a los que no son tan jóvenes. Allí acudía yo cada noche para disfrutar de la música en directo mientras tomaba un refresco. (Nunca fui capaz de adscribirme a la filosofía del alcohol, donde el ideal imperante es precisamente la ausencia de ideales. La resaca, en mis escasos coqueteos con esa falsa amante que es la bebida, siempre me ha dado la razón.) Pero una noche, para contradecir lo escrito entre paréntesis, salí a tomar algo con Fabio, mezcla explosiva de italiano, irlandés y wiski. «Si no tomas una pinta de Guiness, es como si no hubieses estado en Irlanda», me dijo. No tomé una sino siete. Así puedo decir que he estado siete veces en ese dichoso país. Volví a casa solo, dando tumbos, preguntando a unos y a otros cuál era el camino para llegar a Blackpool, el barrio donde vivíamos. Cuando Fabio, fresco como una rosa, entró en el comedor a la mañana siguiente y vio mi cadáver en el sofá, no dijo nada. Sonrió; y después de saludar con la mano se marchó a la universidad. La aguerrida Italia nos había vencido otra vez. No volví a salir de copas con él.

De entre todos los locales, mi preferido era Bodega, un pub con decoración española que lo hacía destacar sobre el resto. Allí, entre tazas de insípido café y scons with marmalade and cream, bolígrafo en mano, pasé momentos entrañables dando vida a algunos relatos a los que sigo teniendo un gran cariño. Mis nuevas amistades querían saber. ¿Qué hacía allí? ¿Iba a quedarme mucho tiempo? ¿A qué me dedicaba? ¿Había publicado algún libro? ¿Qué opinaba de  Joyce? ¿Me gustaba el país? No fui capaz de responder con acierto a aquellas preguntas envueltas en la tradicional gentileza irlandesa. Al final, acabaron dando por sentado que yo estaba allí para escribir, nada más alejado y cercano a la vez de la realidad.

A Lisa, una rubia extravagante, la conocí una mañana en el colegio donde yo me colaba furtivamente para pasar mis textos a ordenador. Quedamos en vernos aquella misma tarde, cita que se repitió en varias ocasiones. Cada vez que paseábamos del brazo por Saint Patrick´s la notaba nerviosa. Un día confesó que le daba miedo que su exnovio nos pillase tan acaramelados. «Es un tipo muy celoso y agresivo.» Yo dije «vale», y seguimos paseando. El novio no apareció nunca, algo de agradecer. (Pelearse por una mujer siempre me pareció un esfuerzo excesivo e inútil. Y puede suceder que por ese gesto de excesiva caballerosidad acabe enamorándose de uno, con los perjuicios archisabidos que ello conlleva.) Lisa, para bien o para mal, acabó por desaparecer. Ni siquiera se despidió. Un día coincidí en el autobús con su hermano, poeta en ciernes, que me puso al corriente: Lisa estaba muy contenta, iba a hacer un pase de modelos. “¡Su primerrr pase de modelos!”, dijo orgulloso aquel bardo, practicando un verso eneasílabo en farragoso castellano. Ignoro si fue o no el último. (El verso y el pase de modelo, digo.) Como terapia, me eché a los brazos de Eileen, de la que ya he escrito más de lo que debiera.

He de confesar que en las curvas de Lisa y Eileen –muy pronunciadas en ambos casos– no encontré la paz que yo andaba buscando, tal vez porque las tomé con demasiada velocidad. En general la irlandesa, mujer de botellón, no me gustó demasiado. O quizá fui yo quien no les gustó a ellas. Así que mi relación con el género femenino acabó por reducirse a largos paseos y amenas conversaciones con Jeniffer, la novia pelirroja de Jose, alegre, discreta, generosa y, como ya he dicho antes, pelirroja, tremendamente pelirroja.

El irlandés medio es bastante prototípico: bebe, disfruta del fútbol y critica la prepotencia y ansias colonizadoras del vecino inglés, ese perro rabioso que dejó de enseñar sus fauces en 1922, aunque aún retumban de vez en cuando sus ladridos en la zona norte de la isla. De cara al turista, el ciudadano irlandés es un auténtico lujo: amable, conversador, entusiasta (nada que ver con el desabrido inglés.)

Irlanda, país turístico sin turismo, vive de la ganadería (cabras, cerdos, ovejas, caballos), de la agricultura (cebada, trigo, avena), de la industria (fábricas de cerveza, destilerías) y de las ayudas económicas de la Comunidad Europea.

Dos meses de fríos y desasosiegos. De risas y lágrimas contenidas. De búsquedas. Cork y yo, unidos por un clima oceánico. A veces me parece que pasé allí toda mi vida. Otras, estoy seguro de ello.

No estaría mal volver a Irlanda, ese heterodoxo mesón de cerveza y melancolías. Aunque sólo sea para tomar una Guiness. O siete, si alguien me lleva después a casa.

Francisco Rodríguez Criado (1998)

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