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Recupero el primer artículo que publiqué en El Periódico de Extremadura, el 17 de diciembre de 2005,: Hipocondríacos.

HIPOCONDRÍACOS

Cuenta José Ovejero en un capítulo de China para hipocondríacos que antiguamente los cementerios en China eran construidos en la montaña o en tierras no cultivables para no desperdiciar los escasos suelos fértiles del país. La idea, pues, era que los muertos ocuparan el menor espacio posible para no estorbar las labores de los vivos. Es decir: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. No satisfechos con tan pragmática medida, las autoridades chinas decidieron hacer obligatoria la cremación como fórmula funeraria, reduciendo así al hombre a su mínima expresión: una urna de cenizas. Ignoro si la incineración es otra moda más procedente de la cultura asiática, como el tai chi o el shiatsu, o bien una medida ejecutada por el ministerio de Medio Ambiente para ahorrarnos la tala de árboles. Que no somos nada todos lo sabemos, pero antes, al menos, había un ataúd, una cruz y un ramo de flores para recordárnoslo.

Soy un hipocondríaco crónico y quizá por eso pienso a menudo en la muerte. Algunas personas, para imponerse a la angustia de “vivir para nada”, se refugian en la esperanza del Más Allá. En mi caso, saber que estoy condenado desde el nacimiento solo me ha infundido desesperanza en el Más Acá. Mi economía no me da para los viajes de Ovejero o las consultas al psicoanalista de Woody Allen. La hipocondría, ay, es un lujo caro.

Hasta que llegue el momento de habitar los suelos estériles, valgan como declaración de intenciones estos textamentos, neologismo que he acuñado al fundir “textos” y “testamentos”, dos palabras que de alguna manera definen “mi circunstancia”.

Francisco Rodríguez Criado

China para hipocondríacos, de José Ovejero (Amazon)

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