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Años atrás viajé para hacer una lectura en un instituto de La Garrovilla, Badajoz, y nada más aparcar el coche me percaté de que había algo extraño en aquel sitio: me resultaba sospechosamente conocido. Tras preguntar a un señor, salí de dudas: no había recalado en La Garrovilla, sino en Guareña, un lugar en el que precisamente había estado años antes, también para dar una lectura.

Tras telefonear, los responsables del centro, muy amables, me dijeron que no me preocupara, que me esperaban, tardara lo que tardara.

Al finalizar la lectura, avergonzado, me disculpé por el despiste. Lejos de recriminármelo, me contaron que estaban acostumbrados, y que algunos autores no solo se habían equivocado de pueblo, sino de comunidad. No en vano, uno de ellos, supongo que el más top de todos, había errado tanto el tiro, que se había ido al País Vasco.

Estos despistes me parecerían peccata minuta si fuera cierta la noticia, viralizada en redes, de que hay un stand en Salzburgo para aquellos viajeros que, por error, llegan a Austria en vez de a Australia. Resulta que es en parte un bulo, pero ¡qué alegría si se tratara de una noticia veraz! Porque, por mucho que se diga que “mal de muchos, consuelo de tontos”, nada reconforta tanto como saber que hay personas aún más boludas que tú.

Conocer de cerca la vida de una persona es conocer sus muchos errores, tantos, que al final el “errar es humano” deviene “errar es una necesidad humana”. De hecho, en mi caso, confundir un pueblo con otro (ambos pacenses) quizá haya sido el más liviano de mis errores.

A diferencia de esa gente que afirma no arrepentirse de nada, yo me arrepiento de todo. O de casi todo. De los aciertos, esas pequeñas victorias carentes de épica, prefiero no escribir, porque lo edificante de la escritura no es celebrarse a uno mismo, a la manera de Walt Whitman, sino buscar la redención.

Dicho esto, no estaría nada mal que alguna vez yo acertara. Aunque fuera por error.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de textos

Imagen: Pixabay

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