el envés de los días, almanaque, Antonio Toribios

El envés de la vida, de la mano de Antonio Toribios

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En la literatura, como en la propia vida, no es suficiente tener una idea original; además de pensarla, hay que llevarla a la práctica.

Y eso es lo que ha hecho Antonio Toribios en esta atractiva apuesta literaria, El envés de los días. Hojas de un almanaque: trabajar su fértil imaginación narrativa en un libro de más de 400 páginas (sin contar el índice), un almanaque, tal como reza el subtítulo, en el que podemos leer las biografías ficticias de 365 santos, uno por cada día del año. Estamos, pues, ante un nuevo santoral, creado desde cero, con servidumbre al calendario, reflejo de una creatividad literaria desbordante. Una prolija colección de hagiografías heterodoxas en las que se exalta una fe alternativa, no en la religión, sino en las bondades de la literatura.   

365 santos que son, ahí es nada, 365 ficciones breves sobre variopintas personalidades, más o menos realistas, más o menos surrealistas, que acaban por conformar un entramado narrativo serio, riguroso y, al mismo tiempo, ameno. Un libro que por la diversificación de las narraciones y por el denominador común que las vertebra, puede tener buena cabida, como libro compacto o como textos aislados, en las aulas, en talleres literarios o, tal como ha sido en mi caso, en la tranquilidad del estudio personal.  

Recordando que el sustantivo “envés” significa, según la RAE;

“Parte opuesta al haz de una tela o de otras cosas”, coincidiremos en que estas piezas narrativas buscan la cara B de los santos, de la literatura o de la propia vida, inasible y casquivana.

RAE

Para una mejor aproximación a El envés de los días. Hojas de un almanaque, de Antonio Toribios, comparto con los lectores de rodriguezcriado.com dos de las piezas literarias breves que la componen, y que, leídas de manera aislada, nos retrotraen al espíritu de los buenos microrrelatos, aunque sería inapropiado catalogar este libro como uno de microrrelatos al uso.  

El envés de los días, Marciano Sonoro Ediciones, 2022, con prólogo de Tomás Sánchez Santiago

Día 8 de enero: Jocundo

A veces los nombres se eligen por razones que escapan al consciente, otras por eufonía o por imposición de los padrinos, amén de modas y otros asuntos peregrinos. Pero hay casos en que los padres realizan la elección con la liturgia inherente a un verdadero acto de fe. Este fue el de Apolinar y Severiana. Poli era en verdad dicharachero y campechano, amigo de chanzas y cultivador de la amistad sin tasa. Severiana, en cambio, dejaba a su nombre en mantillas en cuanto a aspereza, exigencia y rectitud se refiere. El porqué de que fructificara tal unión no es sino otro de los misterios de Amor y sus cohortes, y el cómo se mantuvo en el tiempo, una sinrazón inexplicable. Cuando llegó el primer vástago, Apolinar, desafiando las iras de su esposa, lo llamó Jocundo para concitar sobre él las bendiciones de un carácter semejante al suyo. Llegó al año cumplido el siguiente heredero y Severiana se resarció del desplante del esposo llamándolo Paciente, por parecerla que era buena virtud la de acatar los sinsabores del camino sin ruido ni alharacas.

Sucedió que pasaron los años y se cumplieron las expectativas, quizás fuera por simple azar o por esa magia que a veces embadurna los sucesos de la vida y hace que tomen cuerpo nuestros deseos más raros e inconscientes. Jocundo era un muchacho de sonrisa fácil y ademanes gráciles que atraía sobre sí la benevolencia de cualquiera. Paciente, por el contrario, era serio y reservado, aunque seguro y fiel.

Jocundo animaba el día a día con su buen humor, pero era remiso a la hora de resolver los problemas cotidianos. Paciente, sin embargo, no estaba muy dotado para brillar en sociedad, pero ponía empeño y corazón en los trabajos y era responsable en los quehaceres. Ambos se querían y valoraban las virtudes y carencias del otro, hasta parecer a veces que conformaban entre ambos un todo perfecto.

Llegada la edad de tomar esposa, los dos mostraron cortedad y falta de entusiasmo. Sus padres se impacientaban y temían la llegada de la senectud sin nuevos frutos adornando el lar de sus ancestros. Les animaron a salir a las verbenas, les procuraron la visita en casa de las primas más dispuestas, incluso les llevaron a la ciudad por ver de ampliar el campo de elección. Pero los años pasaron y Perfecto y Jocundo permanecieron célibes. Y es que la perfección tolera mal cualquier mudanza.

Día 4 de marzo: Alegría

Cuando Liduvina le dijo a Isidoro que pensaba poner Alegría a la hija que esperaba, este torció el hocico. Isidoro regentaba un bar donde iban a parar todos los tristes. Era un local antiguo, de barra alta, veladores de mármol renegridos y paredes pintadas de marrón. Todas las cafeterías del barrio, e incluso las cantinas más infectas, habían cambiado ya de cara por entonces. Las barras eran ahora bajas y recubiertas de paneles brillantes de material sintético, tenían focos de colores situados encima y taburetes de skay alrededor. Los techos eran falsas chapas de escayola y las botellas no estaban situadas en peanas, ocupando toda la pared del fondo, al modo de retablos de ermita profanada bajo la advocación de Anís del Mono, sino discretamente almacenadas en un altillo.

El mundo había cambiado, pero no el bar Isidoro, que concitaba a una pléyade de parroquianos que habían ido paulatinamente huyendo de los locales luminosos, con paredes colonizadas por tubos de neón que invadían el espacio como ramilletes de flores del mal. Los parroquianos de Isidoro eran una especie por extinguir, pero se merecían un lugar donde estar, donde rumiar su amargura y hablar de sus eczemas, de su hígado graso, de sus hijos en paro y de su impotencia espiritual y orgánica. Isidoro se debía a ellos como un misionero se debe a sus leprosos. Su misión en el mundo era mantener intacto el ámbito donde estas gentes podían dar pábulo a su desamparo sin sentirse fuera de lugar.

Por eso, cuando Liduvina le vino con aquello, no pudo evitar sumirse en un silencio espeso. Aleth, Ecio y Ulderico habían salido circunspectos como el padre, por lo que desde muy niños pudieron pulular entre las mesas del bar sin desnaturalizar el ambiente mefítico del santuario. Ahora, diez años después, Liduvina le sorprendía con esta gestación tardía, de una hembra para más inri, y además esa patochada del nombre. “Alegría, Alegría”, repetía por lo bajo con sarcasmo Sidoro, pensando en el afecto disolvente que podría causar una niña parlanchina y pizpireta entre aquella mesnada de desesperados, y por si fuera poco con ese nombre de rifa de tómbola.

Dejamos a Isidoro encerrado en su mutismo, mientras Liduvina prepara con ilusión su canastilla. “Ya se le pasará, de esta lo cambio”, va diciendo para sus adentros. Desgraciadamente, este hagiógrafo desconoce el desenlace de la historia, pero malicia que triunfó la formica de colores y el plexiglás, para desespero de amurriados y fatalistas.

Antonio Toribios

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