El rey del periodismo, Francisco Rodríguez Criado, relato

El rey del periodismo | Relato sobre el mundo del periodista

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El Periódico de Extremadura, con el que vengo colaborando desde 2005, me pidió una ficción para conmemorar, el 1 de abril de 2023, sus cien años de vida. Escribí para la ocasión este relato, “El rey del periodismo”, ambientado en la redacción de un periódico portugués.

EL REY DEL PERIODISMO | Relato de Francisco Rodríguez Criado

Alberto Lousada avanzó por el pasillo de la redacción hasta alcanzar su despacho, que compartía con otra periodista.  Colgó su chaqueta en el perchero y se sentó a su mesa.

–Buenos días –le dijo Susana.

Lousada, poco dado a los afectos –o al menos a su escenificación–, movió la cabeza en señal de saludo. Acto seguido, vio un pequeño sobre encima de su ordenador. ¿Sería la nota de una admiradora? ¿Una amenaza? ¿Quizá una circular informando de una reunión? Qué raro: era la primera vez que le dejaban una nota en su mesa.

Desconfiado, abrió el sobre y leyó el breve texto:

“Como bien sabes, el próximo día 18 nuestro querido periódico, Lisboa en tu mano, cumple cien años de vida. Escribe un relato de ficción para el suplemento especial en el que estamos trabajando. 900 palabras. No te pases de esa extensión. Orlando”.

Ah, era eso: una nota de don Orlando, el director del diario.

Lousada reverenciaba al jefe. Todavía recordaba cuando dos años antes, recién salido de la Facultad de Periodismo, había comenzado a trabajar en el periódico. El primer día temblaba de pies a cabeza. Creía que no superaría el periodo de prueba, pero don Orlando, que le había parecido muy serio al principio, acabó por tutelarlo con cariño. El único hijo varón de don Orlando había fallecido cinco o seis años antes en un accidente de tráfico, y parecía como si él se hubiera convertido en un segundo hijo para él; en reciprocidad, Lousada lo consideraba su segundo padre.

¿Pero por qué ahora le encargaba escribir un cuento? Él era periodista, no autor de ficción. Ya estaba recibiendo elogios por su trabajo. Hacía buenas entrevistas y cubría con igual destreza una feria empresarial que un desahucio, o analizaba el último chanchullo político. Pese a su escasa experiencia, soñaba con ser un primer espada del gremio, el rey del periodismo.

Lousada comenzó a sentirse nervioso. Presentía que iba a fallarle a don Orlando. ¿Y si no conseguía escribir el dichoso relato? Ya sentía un terrible complejo de inferioridad por no estar a la altura.

–Susana –susurró en tono cariñoso, mientras dejaba la nota en su mesa.

–¡Ni loca! –dijo ella tras leerla.

–Solo 900 palabras. Yo no sé escribir rel…

–No es culpa mía. Yo tampoco soy escritora. Demasiado tengo con lo mío.

Los nervios comenzaron a apoderarse de Lousada. Tenía una semana por delante para escribir el puñetero relato. Sabía que no lo conseguiría. Ni siquiera era buen lector de literatura. Lo suyo eran los periódicos, solo los periódicos. Las primas de riesgo, el tráfico de influencias, los análisis sobre el contexto económico, los congresos. Esas cosas frías y desapasionadas… 

¿Tal vez algún compañero podría escribir su relato? ¡Pero si todos estaban muy ocupados, bien trabajando en el suplemento, bien cubriendo los próximos eventos que se iban a celebrar en Lisboa en los próximos meses!

Tras preguntarles a un par de compañeros, comprendió que la única forma de que alguien escribiera el relato por él sería… comprándolo. A Fernando Nunes se le daban bien esas tareas. Había publicado incluso un par de libros de relatos. Pero Nunes le tenía un poco de ojeriza por ser el delfín de don Orlando. Repitió la jugada que había hecho con Susana, pero, para no perder tiempo, le ofreció directamente 200 euros. Fernando, tajante, negó con la cabeza y siguió a lo suyo.

Lousada se sintió como un perrito abandonado, pero no se dejó vencer. Recorrió el pasillo tentando a sus compañeros. Caecilia (300 euros), Olivia (350 euros), Ezio (450 euros). Subió hasta 600 euros, aunque solo fuera para comprender que nadie lo escribiría. Y eso que él daría el sueldo de un mes, si fuera necesario.

Sintió ganas de llorar, como lloraba en el colegio cuando los compañeros se reían de sus manías, de su falta de sociabilidad, de su nulo sentido del humor. ¿Le estarían castigando por sus delirios de grandeza?

Ahora se había ofuscado en el ominoso pensamiento de que iba a defraudar a don Orlando.  

Desesperado, decidió ir al despacho de Dirección. Cogería el toro por los cuernos. Cuanto antes confesara su incapacidad para la ficción, mejor.

–¿Puedo pasar? –preguntó Lousada, nervioso como el primer día.

–Pasa. No te quedes ahí.

–Verá, yo… –titubeó.

–No irás a pedirme ya un aumento de sueldo, ¿verdad? –preguntó el director, socarrón.

–¡No, qué va! –Lousada trató de sonreír.

–¿Has empezado lo de la JMJ?

–¿Cómo?

Don Orlando se bajó un poco las gafas y le dedicó una mirada intrigante.

–¿No te han dejado una nota en tu mesa?

–Sí, para que escriba un cuento de 900 palabras.

–¡No, por Dios! Es Fernando Nunes quien tiene que hacerlo. Tú has de meterte de lleno con las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Lousada lo comprendió al instante: la nueva secretaria, que no se había aprendido aún cuáles eran los despachos de cada uno, había intercambiado los destinatarios de aquellas notas.  

–Bueno, me voy entonces, que no hay tiempo que perder.

–¿Pero qué querías?

–Nada. Iba a pedirle un día libre, pero es mejor que no pierda un segundo.

Y sin mediar palabra abandonó el despacho y enfiló el pasillo hacia su escritorio.

Seguro de sí mismo, el renacido Lousada dejó la dichosa nota en el teclado de Fernando, que lo miró extrañado, y sin decir palabra caminó hacia su despacho. El rey del periodismo había vuelto.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de estilo

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