Cuando el mundo era una góndola

Cuando el mundo era una góndola

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Aquellas películas de videoclub que los cuatro hermanos veíamos por la tarde en casa de mis padres.

Aquel primer cachorro que llegó a nuestras vidas.

Aquellos baños con los primos en la piscina de la finca de La Montaña.

Aquella bicicleta BH que me permitía volar de un sitio a otro por la ciudad de Cáceres, cual violinista en el tejado, a lo Marc Chagall.

Aquella madre tranquila que cosía rodilleras a mis pantalones para prolongarles la dura vida a la que yo les sometía.

Aquellas tardes jugando al billar con chicos mayores que yo, a quienes siempre –o casi siempre– les ganaba. Y aquella película, «El buscavidas», que me hizo creer que yo era la versión española y en color de Paul Newman.

Aquel viaje haciendo autostop por Francia e Inglaterra.

Aquellas broncas (más o menos amistosas) que mi padre le echaba a uno de mis amigos porque llegábamos siempre tarde a casa (aunque a mí no me decía nada).

Aquellas incómodas acrobacias para quitarme la ropa en mi coche, aparcado en oscuros senderos, bajo el influjo de las estrellas y del deseo.

Aquellas chicas adorables que, ay, nunca subieron a mi coche.

Aquellos partidos de fútbol: en el campo de las Eras, en la Plaza de Italia, en el colegio, en el instituto, en cualquier parte.

Aquellos partidos en el Polideportivo del colegio, entre la clase A y la clase B, y todas las gradas llenas de compañeros animándonos.

Aquellos viajes largos a la costa, en el coche familiar, en los que a mí me daba por imaginar historias para combatir la impaciencia.

Aquellos partidos del torneo El Carranza, en Cádiz.

Aquella noche en el camping de Lisboa del que nos expulsaron en plena noche porque uno de mis amigos (el mismo a quien mi padre le echaba la bronca porque llegábamos tarde a casa) birló un paquete de galletas del supermercado. Y aquella misma noche, en la discoteca de Alcántara, en Lisboa, bailando para olvidar que no teníamos donde dormir.

Aquellas largas conversaciones, sentados junto al Ayuntamiento de la Plaza Mayor, discutiendo sobre lo humano y lo divino.

Aquel paseo en solitario, durante horas, por una playa caribeña, virgen, sin vestigios humanos, en la que no me crucé con nadie.

(Qué bonita era la vida cuando era bonita, en aquellos tiempos en los que el mundo era una góndola…).

Francisco Rodríguez Criado

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