Ernesto no para de sorprenderme. Aunque se ha ganado a pulso la reputación de fantasioso, a veces echa mano del realismo más prosaico.
Ayer, por ejemplo, a las puertas de la guardería, un compañero de su clase corrió hacia nosotros para darnos el parte del día:
–¡Nesto, en casa tengo un dragón!
Le llama siempre así, “Nesto”, en vago apócope.
Creía que Ernesto le contaría alguna fábula digna de Juego de Tronos, o un cuento de realismo mágico, pero qué va, prefirió hacer un Chéjov y decir simplemente:
–¡Y yo tengo una hermana! ¡Mira, es esta! –Y tiró a Sara de la manga para que su compañerito la viera.
Con ese gesto patrio, Ernesto quiso explicarle a su amigo que un dragón era poca cosa comparada con su fabulosa hermana, un año y medio mayor que él, una hermosa y apacible niña con síndrome de Down que contemplaba la escena sin entenderla, y que me miraba a mí, su madre, buscando respuestas.
El amiguito de Ernesto se quedó sin palabras, puso cara de circunstancias y se marchó sin despedirse, un poco afligido al ver cómo su épica narrativa era derrotada por un realismo de andar por casa.
El microrrelato «Cromosomas», de Francisco Rodríguez Criado, obtuvo el IV Premio Leandro Perdomo Spínola de Teguise.
En la imagen: el autor con su hijo Francisco «Chico» (Álbum familiar).
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