La maleta de Garci

José Luis Garci

Garci se va de la tele. Se ha ido ya, quiero decir. Fue grande mientras duró, y duró casi una década. Ha hecho la maleta y ha metido en ella la cámara, la claqueta, la silla del director, los actores, los decorados… Ha hecho la maleta y ha metido en ella al Cine. Un cine total que abría las puertas a sus incondicionales en TVE cada noche del lunes. O del martes. O del lunes nuevamente. En La 2 teníamos los documentales de animales, y teníamos a Garci, ese señor de voz gutural que fuma en estos tiempos en que fumar es pecado y habla de Ford o Hitchcock con pasmosa familiaridad, como si en sus años mozos hubiera compartido con ellos un piso de estudiantes en Chueca. Por su plató, ante la mirada crítica de Marías o Torres–Dulce, ha pasado la estrella de sheriff de Burt Lancaster, el taxi de Robert de Niro o la mirada abrasiva de Ingrid Bergman. Yo me he enamorado varias veces viendo a Garci. No de él, claro, sino de Marilyn Monroe, Jean Simmons o Ava Gardner. Confieso que en mis horas bajas incluso he llegado a enamorarme del caballo de John Wayne. Eran noches de amor y tiros, de pasión y misterio, noches para el western o el musical. Eran noches intempestivas en las que uno soñaba con estar despierto.

El cine de Garci era un cine grande y, al parecer, rentable. Fuentes de la cadena pública dicen que Garci se va “de mutuo acuerdo”, eufemismo que viene a decir que no llegaron a ningún acuerdo.

Garci se va. Se ha ido ya, quiero decir. Y nos ha dejado de postre Fresas salvajes y la sensación de que, con él, el cine una vez fue grande en La 2.


(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 27 de diciembre de 2005).

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Libros de Francisco Rodríguez Criado

La infancia

 

Francisco Rodríguez Criado, Paul Newman, La infancia
Fotograma de El buscavidas

Cuando pienso en mi infancia me viene a la mente la sala de billares de Obispo Segura Sáez (donde ahora está Artelux), ese templo del ocio al que los chicos del barrio, en un ejercicio de economía del lenguaje, solíamos nombrar “los billares”, a secas. Me inicié en el juego de las carambolas a los siete años, siempre invitado por un amigo que acostumbraba a sangrar la caja del bar de su padre. Aquellos billares llegaron a ser mi segundo hogar. Mi madre solía enviar a mi hermana para preguntarme si iba a dormir en casa. “Dile que no, que hoy he traído el pijama”. Mi padre, que tenía la pescadería casi enfrente de los billares, echaba una mirada de vez en cuando por si me “cazaba” subiendo aquellas cuatro escaleras; para burlar su vigilancia yo daba un pequeño rodeo, arrastrándome subrepticiamente como un ninja por la acera, la de la antigua cafetería Acuario. Algunas tardes me iba a jugar a las canicas a la Plaza de Italia, donde vivían mis abuelos. Otro paraíso… Ya ven: el juego y la calle nos condenaron a mis amigos y a mí a una infancia feliz. Enfrascados en las batallas de Mazinger Z, términos como “declaración de la Renta” o “hernia discal”, ay, no tenían entrada en nuestro diccionario. Gabi, Fofó y Miliki sí que eran grandes payasos de la tele, no como los de los reality show de ahora. La cita de Shakespeare “Todo el mundo es un escenario” describía perfectamente nuestras existencias. Bendita memoria…

Ahora recuerdo todo aquello con nostalgia. Y con la sensación purificadora y frustrante al mismo tiempo de saber que una vez fui niño.


(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 14 de diciembre de 2005).

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Libros de Francisco Rodríguez Criado

Hipocondríacos

Hipocondríacos
Cementerio chino.

HIPOCONDRÍACOS

Cuenta José Ovejero en un capítulo de China para hipocondríacos que antiguamente los cementerios en China eran construidos en la montaña o en tierras no cultivables para no desperdiciar los escasos suelos fértiles del país. La idea, pues, era que los muertos ocuparan el menor espacio posible para no estorbar las labores de los vivos. Es decir: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. No satisfechos con tan pragmática medida, las autoridades chinas decidieron hacer obligatoria la cremación como fórmula funeraria, reduciendo así al hombre a su mínima expresión: una urna de cenizas. Ignoro si la incineración es otra moda más procedente de la cultura asiática, como el tai chi o el shiatsu, o bien una medida ejecutada por el ministerio de Medio Ambiente para ahorrarnos la tala de árboles. Que no somos nada, todos lo sabemos, pero antes, al menos, había un ataúd, una cruz y un ramo de flores para recordárnoslo.

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La solución para España

la solución de España
Aficionados del Real Madrid celebrando la undécima Champions. Fuente de la imagen

Fuente de la imagen

Los aficionados al fútbol encontrarán antes o después algún motivo de alegría: unos porque son seguidores del equipo que gana la Champions, otros porque “van a Europa”, otros porque eluden el descenso y otros porque consiguen subir de categoría. Ver saltar de emoción a una turba de aficionados mientras celebran a sus dioses deportivos no es inusual. La alegría, insisto, convive con quien reserva un lugar en su corazoncito para el deporte rey.

Lo mismo ocurre con otros deportes donde ahora contamos con primeras espadas: el tenis, la natación, el baloncesto o incluso el bádminton. Quien asume como propias las hazañas ajenas cosechadas por compatriotas siempre tendrá algún triunfo que llevarse a la cama.

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Ortega y Gasset, ayer y hoy

Ortega y Gasset

 

En estos tiempos de precariedad –no solo económica, también lingüística–, hemos pasado a considerar intelectuales a personas que no aprobarían un examen de cultura básica. Ahora que se regalan los carnés de intelectualidad como pago por secundar el pensamiento gregario, conviene recordar, al margen de onomásticas, a quien sí fue un primer espada de la intelectualidad, alguien –y esto es más que nada un lamento– irrepetible. Me refiero a José Ortega y Gasset, el mayor filósofo español del siglo XX, y por ahora también del XXI.

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Psicología extraterrestre

Jill Tarter, psicología extraterrestre, Francisco Rodríguez Criado
Jill Tarter, buscando extraterrestres

Jill Tarter ha dedicado su vida a una tarea envidiable: perder el tiempo propio y el dinero ajeno. Puede que esté siendo injusto con una mujer que es, dicen, una “brillante astrofísica”, pero me cuesta conceder honorabilidad a quien articula sus discursos con el tiempo condicional: “podríamos no estar solos en el universo”, “podríamos doblar el espacio para hacer que dos puntos muy alejados se tocaran entre sí y de esa manera viajar al pasado”, “podríamos escuchar señales de estrellas próximas a la Tierra, aunque estas fueran débiles”. Y ninguna oración condicional es tan sublime –y vanidosa– como esta: “yo podría cambiar el futuro de la humanidad”.

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Inmortalidad

Inmortalidad, Francisco Rodríguez Criado

Años 70. La imagen muestra un equipo de fútbol local antes del partido de rigor en una rudimentaria cancha de arena. El entrenador, de porte atlético, la camisa arremangada, está orgulloso de sus jugadores y de su pequeño retoño de cuatro años, vestido todo de blanco a imitación del Real Madrid. El niño soy yo y miro a la cámara intimidado mientras mi padre, el entrenador, saca pecho. Un día  pletórico. Aunque, bien mirado, para él todos los días eran una fiesta.

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El arte de la mentira

el arte de la mentira
Candidados a las elecciones de 2016

Da pereza acudir de nuevo a las urnas para votar al partido menos malo de los que se postulan para gobernar España. Es difícil encontrar un partido que no haya traicionado sus promesas de pactos electorales. Exceptuando al PP, que encontró en las matemáticas una excusa para la parálisis, todos han intentado pactar con quienes aseguraron no iban a hacerlo. Deberíamos tener ahora más fácil el voto, pues sabemos de qué pie cojean nuestros políticos. ¿Pero qué hacer cuando todos cojean de ambas piernas?

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Besos

besos, francisco rodríguez criado
«La familia», de Tarsila do Amaral.

Mi madre me pregunta por mis hijos. Saco el teléfono móvil y le enseño las últimas fotografías. No puede reprimir los elogios. “Qué guapos son, y cuánta vida dan”. Habla con admiración del mayor de los dos. “Qué buenos son estos niños, y qué cariñosos. Más lentos que los demás, pero qué felicidad dan”. Lo dice así, en plural. Y antes de devolverme el teléfono llena de besos la pantalla. Quién puede explicarle que está besando un cristal y que tras él solo hay imágenes binarias (formadas por ceros y unos); ni siquiera está besando un papel. Pero si le explicara eso, mentiría, porque bien mirado mi madre no besa una imagen, besa a mis hijos, a sus nietos, palpa el calor de su piel, sus caras tiernas, besa su inocencia.

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