La vida sin Cristiano

La vida sin Cristiano

Algunos aficionados defendieron siempre que los goles que marcaba Cristiano Ronaldo jornada tras jornada los meterían otros compañeros si él no estuviera. La realidad desmiente los hechos: en la pasada liga, durante la sequía de Cristiano, sus compañeros no regaron el campo con goles. La presencia del luso, al contrario que el Cid ya fallecido a lomos de su caballo, asustaba menos al rival que a su propio equipo.

Pero hoy que Cristiano no está, ni vivo ni muerto, han resucitado figuras como Bale, Benzema y Marco Asensio, oscurecidos durante años a favor del máximo goleador del Real Madrid, esa alma inquieta a quien la más ligera sombra de su estrella le producía tristeza. Es posible, pues, que su marcha haya servido para revelar que más allá del astro portugués hay un equipo.  

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Entre la desilusión y la euforia

La mejor previsión posible se ha cumplido: quedar los primeros de grupo en la fase inicial del Mundial. Aun así, el país está de duelo, como si el equipo al completo hubiera enfermado de salmonelosis o se hubiera caído en un inmenso agujero negro. En algo coinciden casi todos los aficionados españoles: en el ánimo de convertir una buena noticia en pesimismo. No gusta Fernando Hierro, no gusta De Gea, no gusta el estado de forma de Ramos, Silva, Busquets, etcétera. E Iniesta, “Iniesta de mi vida”, compagina la filigrana artística con la evasión carcelaria. No sabemos si “somos los mejores, bueno y qué” o si estamos a punto de hacer el ridículo.

Ya quisieran Egipto, Arabia Saudí, Costa Rica, Perú, Panamá, Chile y otras muchas selecciones estar en la piel de España: relamiéndose la amargura mientras preparan con ilusión el partido contra Rusia, a priori un equipo asequible.

O sea que en el fondo estamos mejor que queremos: quedar primeros de grupo pese al mal juego favorece la predisposición natural del español a la desilusión y a la euforia a partes iguales. Hemos aprendido a controlar el balón sobre el césped, pero no nuestros impulsos bipolares fuera de él. Y, por si fuera poco, la historia de nuestro equipo en los últimos años no ayuda a atemperar nuestros sentimientos: somos la selección que ganó los Mundiales en 2010, pero también la que se marchó a casa a primeras de cambio en la siguiente edición.

Y así las cosas, el aficionado desbarata el fantasma del fracaso como mejor sabe: haciendo mil y una alineaciones de tiralíneas sobre una servilleta de bar, disertando sobre lo divino y lo humano (¿qué otra cosa es el fútbol?), sin despeinarse. Ahora le toca a Fernando Hierro demostrar que sabe tanto del deporte rey como esos millones de entrenadores tabernarios y llevarnos en volandas a la final. Nuestro sufrido españolismo no soportaría un nuevo fracaso.

Francisco Rodríguez Criado

(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 26 de junio de 2017).

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