Lejeune, una vida

Jerome Lejeune
 

Toda persona necesita una vocación, una excusa, una causa –si se prefiere– para ser feliz. Jérôme Lejeune ya había encontrado la suya en la medicina cuando en 1952, nada más terminar la carrera, ingresó en el hospital Trousseau como ayudante del doctor Raymond Turpin. Pero fue el contacto con los niños “mongólicos”, como se les llamaba antes, lo que realmente determinó su vida. Aquellas prácticas de obligado trámite acabaron por materializarse en esa causa edificante.    

Aquí terminaba la carrera de ese médico rural que pretendía ser (tal vez influido por la lectura de El médico rural, de Balzac) para convertirse en el célebre genetista que en 1958 formuló de manera científica qué motiva el síndrome de Down: la existencia de un cromosoma extra del par 21, algo que entonces se desconocía por completo.

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Besos

besos, francisco rodríguez criado
“La familia”, de Tarsila do Amaral.

Mi madre me pregunta por mis hijos. Saco el teléfono móvil y le enseño las últimas fotografías. No puede reprimir los elogios. “Qué guapos son, y cuánta vida dan”. Habla con admiración del mayor de los dos. “Qué buenos son estos niños, y qué cariñosos. Más lentos que los demás, pero qué felicidad dan”. Lo dice así, en plural. Y antes de devolverme el teléfono llena de besos la pantalla. Quién puede explicarle que está besando un cristal y que tras él solo hay imágenes binarias (formadas por ceros y unos); ni siquiera está besando un papel. Pero si le explicara eso, mentiría, porque bien mirado mi madre no besa una imagen, besa a mis hijos, a sus nietos, palpa el calor de su piel, sus caras tiernas, besa su inocencia.

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