La privacidad regalada

La privacidad regalada, artículo, Rodríguez Criado

Ha quedado demostrado por activa y por pasiva la potestad que tienen las redes sociales de destruir noviazgos, matrimonios y, como ocurre en el caso de Tamara Falcó, precipitar en horas lo que estaba condenado a ser un largo divorcio.

Resulta perverso que alguien se dedicara a grabar al novio, Íñigo Onieva, besando a una chica (que no era Tamara) en un concierto y difundir el vídeo después de que ella, feliz, publicitara a bombo y platillo que se había comprometido con él. Ahora bien, aun siendo cierto que no está en nuestras manos controlar la maldad ajena, no es menos cierto que al menos podemos abstenernos de darle armas al enemigo. Tamara no lo hizo: se expuso demasiado, como hace muchísima gente, lastrados por la insana costumbre de compartir con sus seguidores (a veces, cuando son famosos, millones de personas, es decir, millones de desconocidos) dónde están y con quién, cómo se sienten, adónde van a ir y, lo que es peor, cuándo y dónde se van a casar. La supuesta obsesión por defender la intimidad, que ha cristalizado en la ley de privacidad de datos, se queda en nada ante otra obsesión incorregible: la de contarle al ancho mundo aquello que debería ser estrictamente privado.

El matiz rosa de casos como el de Tamara Falcó me interesa poco, pero sociológicamente no salgo de mi asombro al corroborar, día a día, la pulsión del ser humano por desprenderse de su intimidad, uno de los pilares del bienestar, para vendérsela –o regalársela– a tantos desconocidos que operan desde la sombra.

Elegir un mal compañero sentimental, además de indiscreto (Onieva es ambas cosas), supone un error, pero más grave aún es que sea gente ociosa y malintencionada la que arroje tu relación a los pies de los caballos.

Crear una amplia comunidad a quien narrarle tu día a día al detalle para conseguir Likes tiene estas cosas: tus seguidores pueden “recompensarte” destruyendo tu vida.

Francisco Rodríguez Criado

Artículo publicado en El Periódico de Extremadura, 28/9/2022

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Fran Rodríguez Criado

La privacidad regalada, artículo, Rodríguez Criado

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El mejor de los mundos posibles

el mejor de los mundos posibles, Leibniz

He visto en YouTube un vídeo en el que el periodista Fernando Díaz Villanueva entrevista al escritor y viajero Fabián Barrio mientras pasean por las calles de Zaragoza. La primera de las preguntas, “¿Por qué diste la vuelta al mundo?”, le sirve a Barrio para desarrollar un largo discurso sobre el viaje en motocicleta al que dedicó dos meses. El mensaje final parece ser este: “La gente es buena y hospitalaria en todas partes”. Según él, creemos lo contrario porque los medios de comunicación se centran en las noticias negativas que nos ofrecen una mala imagen (distorsionada) de la condición humana.

Yo mismo he coqueteado en numerosas ocasiones con esa idea, tan gratificante, tan necesaria, de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, a la manera de Leibniz, y que los ciudadanos, de naturaleza pacífica, solo aspiramos a prosperar razonablemente sin hacer daño al prójimo. Pero, al mismo tiempo que me dejaba masajear por esos planteamientos tan buenistas, tenía la certeza de que alguien, muchas personas en realidad, en ese mismo instante estarían robando, violando, asesinando o incluso planeando una guerra que iba a dejar miles de vidas y mucha destrucción a su paso.

Al fin y al cabo, aunque los medios se centren en las noticias negativas, esas noticias no son inventos: los hechos están ahí.

Y así las cosas, no avanzo en la resolución de esta duda metafísica: ¿Es el hombre un lobo para el hombre, como aseguraba Hobbes? ¿Debo quedarme con el esmero con el que los profesores cuidan a los alumnos discapacitados o bien con la guerra de Ucrania, donde un país está siendo asolado por el capricho del zar Putin? ¿Debo quedarme con la defensa de los derechos humanos o con la certeza de que en numerosos países estos derechos no existen?

Empiezo a pensar que debemos cohabitar con la paradoja, y que el hombre es un lobo para el hombre en el mejor de los mundos posibles.

Francisco Rodríguez Criado, «El mejor de los mundos posibles», El Periódico de Extremadura, 24/8/2022

Francisco Rodríguez Criado, escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. Los zapatos de Knut Hamsun (De la Luna Libros, 2018) y Hombres, hombrinos, macacos y macaquinos (2020) son sus últimos libro de relatos.

Imagen destaca: Pixabay

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La felicidad de ‘Grease’

La felicidad de ‘Grease’

Grease, Olivia Newton-John

Yo tenía once años cuando vi Grease en un cine de Cáceres, quizá el Coliseum. Nunca olvidaré la emoción de entrar en esa oscura sala, y aun así iluminada por un glamur entonces inédito para mí, rodeado de numerosos amigos dispuestos a presenciar una película musical que a nuestra tierna edad nos iba a dejar una huella gratificante.

Y no era solo por la música, era por esa magia que tiene el cine para transportarte a otros mundos, a otros lugares, a otras vidas. A los pequeños espectadores de aquella sala abarrotada la película interpretada por Olivia Newton-John y John Travolta nos metía de lleno en un paraíso de luces, colores, canciones y emociones. No es extraño que Grease fuera la película más taquillera del año y que su banda sonora obtuviera un éxito memorable.

John Travolta y Olivia Newton-John no eran para nosotros simples actores, eran nuestros amigos. Esos amigos americanos y molones vestidos de ropa de cuero que a la primera de cambio se ponían a bailar y a cantar canciones pegadizas.

Pero es mucho más fácil representar la felicidad en una película que en la vida real. A los pocos meses del rodaje de Grease, la novia de John Travolta, Diana Hyland, murió de cáncer, como también lo haría en 2020 su esposa, Kelly Preston, por cáncer de pecho, y ahora su compañera de reparto y amiga Olivia Newton-John, que llevaba luchando contra esa misma enfermedad desde hacía treinta años.

Pero quién quiere quedarse con tanta desolación, tanto realismo inicuo que no entiende de luces, colores y canciones. Prefiero recordar aquella ficción edulcorada puesta al servicio de un espectador que tan solo quería pasar un buen rato y, como era mi caso, soñar que vivíamos en el mejor de los mundos posibles.

Olivia Newton-John triunfó en la gran pantalla y sufrió tras ella. Pero para mí será siempre será la inmortal Sandy que me colmó de bailes y sueños cuando yo era joven e ingenuo.

Francisco Rodríguez Criado, El Periódico de Extremadura, 10/8/2022

Cursos de Escritura (novela, relato, guiones, cuentos infantiles…)

Curso de relatos de ficción basado en hechos reales

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La realidad que supera a la ficción

Mario Biondo, realidad, ficción

Resulta que la Justicia italiana ha dictado sentencia en el caso de Mario Biondo, y para cerrarlo no ha hecho sino dejarlo más abierto que nunca al asegurar que el cámara fue asesinado por autores desconocidos que simularon su suicidio. ¡Oh là là!

El asunto tiene todos los ingredientes para acabar como serie de Netflix, si acaso no está ya en camino: guapa presentadora casada con guapo cámara de televisión, drogas y sexo, una posible doble vida, una esposa que da varias versiones sobre el día de la muerte, la familia de Biondo contra su viuda (a la que sutilmente acusa de organizar su asesinato…). Y la guinda del pastel mediático: la posibilidad de que lo que desde un primer momento se vendió como un suicidio sea –hasta la fecha– un asesinato perfecto.

La historia, tan dramática para los familiares y amigos de Mario Biondo, se deshumaniza cuando se convierte en carnaza amarillista. ¿Pero quién está libre de sentir el deseo de conocer la verdad de esta historia llena de recovecos, propia de un thriller superventas?

Los lectores de novela negra –y yo lo soy–, a la hora de alimentar nuestra curiosidad insana, nos sentimos tan interesados por la realidad como por la ficción. Si una historia truculenta bien narrada sobre el papel es capaz de convocar nuestra atención, ¿por qué no sentiríamos un estímulo similar cuando es la propia realidad, la escritora más dotada, quien la firma?

Los autores de novela negra y de thrillers reconocen que las tramas de sus narraciones tienen fuertes asideros en casos concretos de la vida real. La crónica de sucesos de cualquier periódico es, por tanto, una fuente inagotable de narraciones literarias. La tragedia bien escrita ha sido previamente bien leída.

La realidad no solo supera la ficción, sino que además la nutre. Todos somos, en resumidas cuentas, sufridos personajes de una novela de final incierto que no hemos escrito nosotros.

Francisco Rodríguez Criado, El Periódico de Extremadura, 3/8/2022

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Envidia de Walden

Walden, Henry David Thoreau, Francisco Rodríguez Criado

A veces me planteo si merecería la pena apartarme de la civilización, hacer un Walden a lo Henry David Thoreau y huir a bosques recónditos para vivir en plenitud en la naturaleza, ajeno a tantos males que al parecer están a la vuelta de la esquina.

Tal vez así me libraría de las contracturas, los pensamientos circulares, las urgencias, de la necesidad de ir corriendo a todas partes. Podría cultivar un huertecito, dar largos paseos, tomar el sol, bañarme desnudo en aguas gélidas y asearme con jabón fabricado con mis propias manos.

Pero si abandonara la civilización para mudarme a una cabaña, no duraría una décima parte de lo que Henry David Thoreau estuvo apartado del mundanal ruido: dos años, dos meses y dos días. Qué tonterías: yo sobreviviría un par de días, tras los cuales pediría auxilio a la guardia civil con mi teléfono móvil 5G.

Aunque asumo que soy un urbanita convencido, no logro dejar a un lado la idea de que mi actual ritmo de vida (trabajo, contabilidad, crianza de los hijos, desplazamientos obligados en coche, escasez de tiempo para el ocio) no es bueno para la salud.

Los debates sobre el mundo rural versus la urbe son recurrentes, y una gran mayoría llega a la conclusión de que es más sano el campo, si bien paradójicamente –o no tanto– a esa mayoría no hay quien la saque de la ciudad, a no ser para dar un paseo furtivo por el campo para recoger espárragos.

Escribo estas líneas volanderas en un lugar de descanso, respirando aire puro, cerca del mar. Y, sin embargo, no consigo desconectarme de las mismas tareas y preocupaciones que me lastran cuando vivo en la gran ciudad. De hecho, lo primero que hago al despertar es consultar en el móvil cómo va todo: el fallido tren rápido de Extremadura, la crisis energética, la guerra en Ucrania, los nuevos casos de violencia…

Las vacaciones son para mí la misma batalla de siempre en un escenario  diferente.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de textos

Walden (en edición de Errata Naturae). Consultar en Amazon

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¿Adónde vamos?

Francisco Rodríguez Criado, síndrome de Down, ABC

A ChicoChico le gusta dar largos paseos con su padre, y a mí me gusta pasear con él. Es un niño tranquilo y empático, nada caprichoso. Se limita a ir agarradito de la mano de su padre mientras observa el mundo.

El único problema es su insistencia en preguntar adónde vamos. Yo siempre le respondo.

Vamos a casa de los abuelos.

Vamos a comprar pan.

Vamos a los columpios.

Vamos a tomar un zumito de piña.

Vamos a la playa.

(Esas cosas).

Pero algunos días no se conforma con mi respuesta e insiste una y otra vez. Y tanta es su insistencia, que llevo unos días preguntándome si su inquietud por saber adónde vamos será más filosófica que geográfica. Es decir, a lo mejor, cuando le digo que vamos a comprar el pan a la tienda de la esquina, ya lo sabe, y lo que quiere es saber hacia dónde nos dirigimos como personas, de dónde venimos, qué hacemos en este mundo, por qué estamos aquí. Cuál es, en definitiva, el destino de la humanidad.

(Esas preguntas que los filósofos llevan tratando de responder desde hace siglos).

Y si ese fuera el interés de Chico, saber hacia dónde se dirige el ser humano, tendría que responderle con sinceridad: “No tengo ni puñetera idea”. Pero como no quiero pasar por un padre que no sabe las respuestas, me hago pasar por tonto (justo para no parecerlo) y le respondo, según corresponda:

Vamos a casa de los abuelos.

Vamos a comprar pan.

Vamos a los columpios.

Vamos a tomar un zumito de piña.

Vamos a la playa.

Al final, tal vez asimilando que no tengo la respuesta que anda buscando, contemporiza con un: «¡Ah, vale!

Y así, cogidos de la mano, en santa compañía, seguimos paseando hacia ninguna parte.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de textos literarios

El Diario Down, testimonio literario de un padre con un hijo con síndrome de Down

«El amor por un hijo con Síndrome de Down se aprende» (ABC)

La privacidad regalada, artículo, Rodríguez Criado

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Wimbledon en una imagen

Rafa Nadal, Wimbledon

Las redes sociales son un manjar para muchas personas que no tienen nada mejor que hacer que convertir cualquier nimiedad en un debate o en un chascarrillo. Lo que antes quedaba en la intimidad, visible, escuchable y comentable solo por quienes habían vivido la escena, hoy, gracias –o por culpa de– la tecnología, llega al ancho mundo en cuestión de minutos.

Como ejemplo de hecho intranscendente, ahí está la despedida de Rafa Nadal de los trabajadores del torneo de Wimbledon, cuyas canchas tuvo que abandonar contra sus deseos por culpa de una lesión. En esa imagen no veremos nada inaudito (un hombre muerde a un perro), tan solo al tenista español demostrando por enésima vez que es una persona educada y respetuosa (un perro muerde a un hombre).

Antes de la irrupción de Internet, podría haber sido noticia que el tenista le hubiera hecho un feo a algún trabajador del torneo o que algún loco le hubiera insultado. No esto. Entonces, ¿por qué se han comentado tanto estas imágenes domésticas divulgadas por los organizadores del torneo? O más aún: ¿Por qué se han divulgado? El motivo es que hoy día todo se aprovecha informativamente, pues hay un público deseoso de comentar noticias que en realidad no lo son.

La imagen de Wimbledon de 2022 no ha sido la de Nadal despidiéndose de los trabajadores, ni la de Kyrgios quejándose al juez de silla hasta por respirar, ni la de Djokovic comiéndose el césped tras ganar el torneo. No, todo eso es un día más en la oficina. La imagen icónica ha sido la del padre y la hermana de Nadal pidiéndole con vehemencia, al verle quejarse del dolor, que abandone la pista.

Es esa imagen tan humana, la de la familia que antepone la salud de los suyos a otro peldaño más de gloria, la que sí tiene motivos para dar la vuelta al mundo. Es la imagen que constata que detrás de un gran hombre siempre, o casi siempre, hay una gran familia.

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de textos literarios

Francisco Rodríguez Criado, escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. Los zapatos de Knut Hamsun (De la Luna Libros, 2018) y Hombres, hombrinos, macacos y macaquinos (2020) son sus últimos libro de relatos.

Relato de Francisco Rodríguez Criado: De vuelta a casa

Procesos kafkianos

procesos kafkianos

Estoy viviendo un contencioso administrativo con el Ayuntamiento de Madrid, que me reclama el pago del impuesto de matriculación de mi coche, pese a que pagué a tiempo la cantidad que me solicitan.

Tras presentar una reclamación escrita en una oficina del Ayuntamiento, con el consabido justificante bancario de pago por la cantidad exacta que me reclamaban –la señora que me atendió me dijo que yo tenía razón–, he recibido una carta certificada, una plantilla con una jerigonza incomprensible de la que, después de mucho investigar, he sobreentendido que me piden que pague lo que ya aboné en su día, además, cómo no, de un incremento a modo de multa. Si dejo pasar el asunto, el Ayuntamiento de Madrid, me aseguran en la notificación, acabará por embargarme el coche. Y la vida si hiciera falta, añado yo.

En este proceso kafkiano soy el claro perdedor. Incluso aunque al final acaben reconociendo su equivocación, ¿quién va a compensar los inconvenientes emocionales que me ha causado este conflicto que no he iniciado yo?, ¿quién me devolverá el tiempo perdido?, ¿quién me despenalizará el ánimo?

Al parecer no soy único en la travesía del desierto de la indefensión ciudadana. Varias personas a quienes se lo he contado me han narrado su propia historia de terror administrativo, sea con ayuntamientos, comunidades, Hacienda, el banco, etc.

Lo más sorprendente de todo es que mientras el ciudadano ha de ser ejemplar para no evitarse problemas con las autoridades –en mi caso, ni aun así–, auténticos corruptos campan a sus anchas, léase Luis Rubiales, presidente de la RFEF, al que no hay manera de cesar del cargo, pese a que desayunemos cada día con una de sus fechorías, propias de la mafia.

Así las cosas, el ciudadano acaba por sentirse tan impotente como Josef K., el personaje de la novela El proceso, que fue arrestado por una razón desconocida.

De Kafka acá no hemos mejorado nada.

Francisco Rodríguez Criado, El Periódico de Extremadura, 6/7/2022

Escritores que no leen


Francisco Rodríguez Criado, escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. Los zapatos de Knut Hamsun (De la Luna Libros, 2018) y Hombres, hombrinos, macacos y macaquinos (2020) son sus últimos libro de relatos.


La privacidad regalada, artículo, Rodríguez Criado

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Walden, Henry David Thoreau, Francisco Rodríguez Criado

Envidia de Walden

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7 textos autobiográficos

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Desde que empecé a escribir, hace ya demasiado, he escrito mucha ficción alejada de mi realidad, pero también he pergeñado textos que muy conectados a mis experiencias vitales, algunos de ellos directamente autobiográficos. No en vano, he escrito un libro autobiográfico cien por cien, El Diario Down, en el que relato el nacimiento de mi hijo Francisco y todo lo que supuso para mí estrenar una paternidad llena de complicaciones.

A modo de ejemplo de mi vertiente literaria autorreferencial, he seleccionado 7 textos autobiográficos. Como suele decirse, no son todos los que son –ni mucho menos–, pero son todos los que están.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de textos literarios

7 RELATOS AUTOBIOGRÁFICOS

Al final de cada relato indico el año en que fue escrito y, en la mayoría de las ocasiones, publicado. Estas narraciones han sido tomadas de mis libros y de los artículos que vengo publicando en El Periódico de Extremadura desde diciembre de 2005.

Espero que sean de vuestro agrado.  

SOBRE UN HOMBRE QUE SE LLAMA COMO YO

Confieso con cierta amargura que hay un hombre, casualmente llamado Francisco Rodríguez Criado, que me persigue con obstinación desde el día de mi nacimiento, hace ya treinta y cuatro años. No quiero hablar demasiado de su persona, que es débil, cobarde y fatalista bien lo sabe Dios, y eso me basta. Por todos los medios he tratado a golpes de acabar con su poderosa influencia: lo he empujado a trabajos ingratos, lo he arrastrado a sueños imposibles de realizar, lo he comprometido sentimentalmente con mujeres desapacibles, en fin, lo he sometido sin piedad al vértigo de la vida. Me pregunto si habré sido severo en exceso; no obstante, no tengo cargos de conciencia, él tampoco los tuvo cuando retorció mi alma con pensamientos impuros y me alejó sin escrúpulos de la utopía de la infancia. En cualquier caso, ahí sigue, vivo.

Escribo estas líneas desde la desesperación de quien sabe que tiene a su mayor enemigo colgado a sus espaldas.

Escribo estas líneas sin saber por qué las escribo.

Escribo estas líneas, quizá, por necesidad.

No tengo más que añadir. Si acaso una última confesión: me apena la certidumbre de saber que no descansaré con plenitud hasta que ese hombre, casualmente llamado Francisco Rodríguez Criado, se aleje definitivamente del espacio y tiempo del que parten estas líneas.

(2001)

NOCHES OSCURAS

Mi vida era entonces como ripios de un mal poeta. Tenía 24 años y vivía en Moratalaz, en el noveno piso de un viejo inmueble situado al final de un callejón sin salida. Era lo más barato que había encontrado y no estaba lejos del pub donde trabajaba. Compartía alojamiento con tres tipos: un joven aspirante a actor, un andaluz que como yo se ganaba el jornal sirviendo copas, y un sesentón gris y desaseado con el que –sé que parece cosa de Gila– coincidía en los pasillos o en la cocina sin intercambiar más palabras que hola y adiós. Algunos días mi novia dormía conmigo, en una cama frágil y desfondada, adjetivos que podrían definir nuestra relación. Excepto cierta tendencia al fracaso no teníamos nada en común; pero allí estábamos, sabaneando nuestras diferencias.

De madrugada, al salir del trabajo, me echaba a recorrer las calles de aquel Madrid inhóspito en mi destartalado Renault 5 mientras escuchaba música en la radio. Una vez fui al pub del andaluz a tomar algo. Volvimos a casa juntos. Era una noche triste y oscura, como todas las noches. Me confesó que estaba preocupado porque ese mismo día había desvirgado a una jovencita y ahora que su novia estaba a punto de llegar desde Sevilla no lograba eliminar las manchas de sangre de las sábanas. Lo mío era más grave: no encontraba sentido a la vida. Deja de filosofar tanto, cacereño, y sonríe: es Navidad, me aconsejó. No pude. Incapaz de conciliar el sueño, pasé horas y horas mirando la bombilla desnuda del techo.

Así eran mis noches en diciembre del 91, cuando yo aún no ventilaba las cenizas de mi biografía en la contraportada de un periódico.

(2006)

CÁNCER

El pasado 25 de abril, día de mi cumpleaños, ingresé en el hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres. El motivo: la repentina inflamación de un ganglio cervical. Ya había pasado por el ambulatorio y por Urgencias, y empezaba a intuir que no tardarían en darme una mala noticia. No me equivocaba. Al cabo de varias semanas deambulando como un zombi por los pasillos de la Séptima Planta y después de numerosas pruebas (una operación quirúrgica incluida), los doctores diagnosticaron que padezco un linfoma de Hodking. He sopesado si debería reducir estos hechos al ámbito de lo privado, silenciar mi enfermedad, atrincherar mis miedos bajo el burka de la discreción; no lo haré: creo que sería un error dar consideración de “íntimo” (y por tanto de sagrado) a un maldito cáncer. Frescos en mi memoria los casos recientes de conocidos que se fueron en tan sólo unos meses, me planteé si debería dejar de escribir mis textamentos (con x) y sentarme a redactar mi testamento (con s). Pero es tanta la confianza en los doctores que llevan mi caso, y en las fraternales señales de humo que me envían amigos que ya han pasado por lo mismo (“Podría ser peor”), que estoy convencido de que al final acabaré bailando el cancán sobre las cenizas de la adversidad.

Los efectos secundarios de la quimioterapia jugarán en mi contra, sí, pero me he prometido no faltar a una sola cita con los lectores que cada miércoles frecuentan mis palabras en la contraportada de este diario. La escritura, una vez más, será la prueba fehaciente (ante mis seres queridos y ante mí) de que sigo apurando el cáliz de la vida.

(2006)

GORGORITOS

Hace unos días me contó mi hermana una anécdota de la que mi memoria no guarda el menor rastro. Resulta que siendo niños fuimos a ver una actuación de gorgoritos en San Jorge, ese lugar mágico que en ocasiones se transforma en un paraíso de diversión para los más pequeños. Según la cronista, yo tendría cuatro años; ella, ocho. Estábamos tan embobados con la representación de los titiriteros que acabé por soltarme de su mano sin que se diera cuenta. Presa del pánico al percatarse del despiste, se echó a correr hacia la pescadería que tenía mi padre en Obispo Segura Sáez. Supongo que su congoja sería doble: por una parte, haber perdido a su hermanito entre la turbamulta; por otra, la más que probable reprimenda que iba a recibir de nuestro progenitor (todo un carácter). Cuando mi hermana se terminó de explicar entre lágrimas, mi padre saltó del mostrador y, sin quitarse el mandil, corrió a buscarme. La historia, esta vez, tiene un final feliz: me encontraron en la plaza de San Juan, caminando de la mano de una señora que amablemente se había ofrecido a llevarme a casa. Ya digo que no recuerdo nada, pero cuenta mi hermana que yo venía feliz, ajeno a la angustia que había generado mi desaparición.

Así que, reflexiono ahora, esta historia es la metáfora de mi vida: solo entre la multitud, absorto en un mundo de ficciones a la espera del socorro de la mano de una buena mujer (a veces no tan buena) mientras mi familia, preocupada, se pregunta una vez más dónde me habré metido. Y al fondo, esa palpitante sensación de que, pese a las numerosas deficiencias del guión, el espectáculo ha merecido la pena.   

(2006)

VÍAS MUERTAS

Lo peor llegó con la crisis del 93. Me levantaba a primera hora para comprar el Segundamano, y acto seguido regresaba a casa para rotular en círculos (como si fueran bocadillos de cómic) las ofertas laborales a las que podría optar alguien como yo: trabajos no cualificados y por tanto mal pagados. El siguiente paso era hacer las llamadas telefónicas. Con suerte, después de quince o veinte llamadas conseguía concertar cita para una entrevista. Salía precipitadamente de casa y me dirigía, primero en autobús y después en metro, a la jungla urbana. Era la crisis del 93, digo, y la gente había tomado las calles. Recuerdo una cola en Goya que daba la vuelta a la manzana. Desalentador, sí, pero al menos podías conversar con gente que también estaba en las últimas, compartir tus miserias durante un par de horas hasta que llegaba el momento del examen: “¿Tienes experiencia?”. “Nombre y teléfono”. “Ya te llamaremos”.

Y luego, la vuelta al hogar. El metro, el autobús, el cansancio. Ruth y yo vivíamos a 15 kms. de Conde de Casal, en un pequeño piso frente a las vías muertas de un viejo y solitario tren de mercancías. “¿Has encontrado trabajo?… Pues a ver cómo pagamos las facturas”. Para olvidar los problemas, al caer el sol me iba con Zar, nuestro cocker, a dar un paseo junto a las vías. Era la mejor hora del día: yo le lanzaba piedras que él me devolvía con gesto triunfal. Entonces me daba por pensar que alguna de aquellas noches vendría un tren fantasma y Zar y yo subiríamos a él para hacer un viaje sin retorno a un mundo mejor. Pero ese tren nunca vino y yo seguí comprando el Segundamano.      

LA TRAICIÓN DEL PADRE

Mi querido niño, dale un merecido descanso al chupete y dedícame unos segundos de tu tiempo: necesito hablar contigo. Tengo que contarte algo y prefiero hacerlo ahora que nuestra relación da sus primeros pasos. Ya tienes veintiún días de vida, edad más que suficiente para que empieces a conocer las debilidades de un padre.  

Lo que quiero decirte es esto: tu nacimiento fue motivo de alegría pero también de dolor, de mucho dolor. La alegría duró dos horas, el dolor se mantuvo lacerante durante días y residual durante al menos dos semanas. Y en esos primeros días en los que el sufrimiento cortaba la respiración, tu padre se comportó como Pedro cuando negó a Jesucristo. Yo estaba viviendo mi particular subida al Gólgota cuando renuncié a ti. En puridad no creo que renunciara a ti sino a tu presencia, aunque es casi lo mismo. Tu madre, que intentaba recuperarse en la habitación del hospital tras pasar por su segunda operación en menos de cuarenta y ocho horas, no hacía otra cosa que rogarles a las enfermeras, a los médicos, a Dios mismo, que le llevaran a su preciado bebé. Pero le dijeron (se lo dijeron a ella, porque tu padre seguía narcotizado) que debían mantenerte en la incubadora de manera preventiva. No iba a ser durante mucho tiempo, solo necesitabas un poco de oxígeno. Y allí te quedaste, en aquella urna de cristal, blindado de las inclemencias del mundo como si fueras el Santo Grial o un cuadro de Velázquez. El padre podría bajar al nido y verte, si lo deseaba. Eso dijeron las enfermeras. Pero el padre, tu padre, no tenía tales deseos. Le daba miedo enfrentarse a ti, tan rubio, tan pequeño, tan… diferente. Yo daba excusas y decía “luego le haré una visita”, pero no lo hacía. Aquel nido se había convertido de la noche a la mañana en el museo de todos mis fantasmas. No tenías más que dos o tres días de vida y ya me daba miedo tu diferencia.

El Diario Down, Francisco Rodríguez Criado, 7 textos autobiográficos
Francisco Rodríguez «Chico»

Querido niño, te hablo desde el corazón, no con la exuberancia de los adjetivos sino con la contundencia llana de los sustantivos; y desde el corazón te digo: aquello fue la traición de un padre. Yo quería –nadie podrá acusarme por ello– un niño sano, un heredero guapo y fuerte, un guerrero de grandes espaldas que perpetuara la dinastía familiar, un niño al que pasear por los campeonatos de la vida con orgullo infranqueable. Ese niño guerrero eras tú, más guapo y más fuerte que cualquier otro niño, anchas las espaldas como una portería de fútbol y con el valor de un hobbit, la puntería de un arquero elfo y la perseverancia de un enano. Eras un héroe a lo Tolkien pero entonces yo no lo sabía. Tampoco sabía nada de tu cardiopatía severa ni de esa intervención a corazón abierto, mi querido guerrero, por la que vas a pasar cuando tengas unos meses de vida. Nada sabía de ti ni de los tuyos. Sí, los tuyos, porque en esa urna yo no veía un niño normal, yo veía un niño con trisomía 21 que había venido al mundo para castigar al padre por sus muchos pecados. Veía simplemente a un niño con un síndrome, una palabra cuyo significado mi familia de orgullosos guerreros desconocía.

Tu padre te traicionó, rechazó tu presencia, rechazó visitar tu urna de cristal, esa urna medicinal en la que recibías el oxígeno que a mí me faltaba.

No me aflige el dolor cuando te cuento esto. No soy tampoco un masoquista que se azota con los malos recuerdos una y otra vez. No voy a pedirte perdón ni voy a darte estúpidas excusas. Solo te diré algo: en mi actitud había rechazo, sí, pero sobre todo miedo. El miedo a lo desconocido. Miedo a no saber cómo habla un niño Down, cómo camina un niño Down, cómo ama o detesta un niño Down. Tu padre nació con los cromosomas necesarios, ni uno más ni uno menos, y eso marca para lo bueno y para lo malo. ¿Cómo debía comportarme ante lo desconocido?, ¿cómo aceptar que lo desconocido, en una jugada letal, se había encarnado en mi propio hijo?

Insisto: no quiero, querido niño, tu perdón, solo quiero que me escuches. Quiero que sepas que al tercer día, como Jesucristo –tan sobrado de valor como yo escaso de él–, resucité. Recordé que yo había nacido con una salud sin fisuras y aun así he acabado perdiendo todas las batallas. Y entonces, ya en la habitación, te cogí por primera vez en mis brazos (unos brazos de harina) y te di un beso (unos labios igual de temblorosos). Pesabas como 120 kilogramos en mi pusilánime regazo, pero al menos no me caí al suelo, te ofrecí el calor de un padre, ese calor que nunca debió de haberte faltado.

Ahora que nadie nos ve ni nos escucha, te voy a decir algo: eres mi guerrero. Eres el pequeño gran guerrero de un padre que jamás volverá a traicionarte, un padre que jamás te negará, un padre feliz renacido de sus cenizas que se encargará de decirle y escribirle al mundo: “Mi hijo se llama Francisco y tiene el síndrome de Down”.

(2014)

DE VUELTA A CASA

Me acuerdo de cierto sábado por la tarde –yo tendría veinte años–, cuando aún vivía en casa de mis padres. Habíamos terminado de comer y, como ninguno de mis amigos podía quedar, me dispuse a tomar un café en El Gran Café, que quedaba muy cerca de nuestra vivienda. (Por aquella época todo lo importante quedaba muy cerca de la casa de mis padres).

Esa tarde me sentía terriblemente aburrido, así que, antes de nada, me daría una vuelta en mi Renault 5, un coche viejo y duro como la kryptonita, sin grandes comodidades, enemigo del lujo y del confort, y aun así para mí un aliado fiel y entrañable.  

Siempre me ha gustado conducir, me relaja mucho, así que me subí al coche y, tras rodear el paseo de Cánovas, me dejé llevar escuchando música, sin pensar nada, tan solo disfrutando el momento. Cuando quise darme cuenta ya había tomado la cuesta de la gasolinera Temis. Ya puestos, ¿por qué no darme un paseo hasta Trujillo y luego regresar? Y eso hice aquella tarde sin plan.   

Pero cuando estaba en Trujillo me dio pereza volver a casa, y seguí devorando kilómetros, sin prisa pero sin pausa. Estaba tan embobado escuchando a Manhattan Transfer a todo volumen, que ni siquiera me percaté, al atravesar Jaraicejo, de que conducía unos cuantos kilómetros por encima de la velocidad permitida. Sí lo hizo la patrulla de la guardia civil, que me impuso una multa dolorosa. No había piedad para los conductores de entonces: los garantes del orden hacían que detuvieras el vehículo y luego depositaban en tu mano aquel castigo en forma de papel. Era una sanción doble: te quitaban el dinero y el honor).

El ensueño de aquella tarde placentera se vino abajo con la dichosa multa. Cabreado por culpa del sablazo pero inasequible al desaliento, seguí conduciendo. Decidí tomarme el café que aún estaba pendiente en Madrid, una ciudad para mí desconocida. (Solo había estado en ella en un par de ocasiones, durante muy poco tiempo, y ambas en familia).

Esto no es una novela de carreteras ni nada parecido. (Debería haber escrito road movie, que queda más americano). Olvidaos, pues, de disfrutar una narración con muchas peripecias, a lo Jack Kerouac. Simplemente, diré la verdad: llegué hasta Madrid, donde la inercia me llevó casualmente hasta Leganitos (la calle en la que  yo viviría años después), me bajé del vehículo y me tomé en un local muy majo el dichoso y necesario café, que me devolvió la gloria perdida. Recuerdo que luego di un breve paseo por la Gran Vía (también tenemos una Gran Vía en Cáceres, pero todo el mundo estará de acuerdo en que no es lo mismo) y entré en una de esas tiendas que tienen de todo, tal vez fuera un Seven Eleven, donde compré un botellín de agua y un par de casetes, uno de Queen y otro de Nacha Pop, que podría escuchar por el camino.

Tras media hora de paseo capitalino, subí a mi viejo coche, dispuesto a hacerme otros 300 kilómetros. Cuando las huellas de la gran ciudad se fueron desdibujando del espejo retrovisor, eché cuentas del largo trayecto que me faltaba por recorrer. Habían sido demasiados gastos para tomar un café: la gasolina, la multa, las cintas… Por no hablar del gasto emocional tras el sermón de aquellos dos guardias civiles… Pero qué más daba: no iba a ser ni de lejos la peor jugada de mi vida.

Tres horas después ya estaba guardando el coche en mi garaje.

Me he acordado hoy de esta anécdota cuando conducía por la M-40 para recoger a Chico del colegio. Hacía tanto calor, estaba tan aburrido, sin nadie con quien quedar luego para tomar algo… que sentí la tentación de continuar carretera adelante. Es decir, en vez de girar hacia Pozuelo de Alarcón para recoger al niño (ya iría Madre Coraje a por él) y luego regresar al norte de Madrid, donde vivimos, podría seguir hasta la A-5 en dirección a mi ciudad natal. No tengo ahora un Renault 5, sino un coche más grande y cómodo. Podría estar bien seguir, seguir, seguir hasta Cáceres, seguir sin descanso, seguir En el camino, pasar por la vieja carretera de la N-V y cruzar Jaraicejo a paso de tortuga, demostrando que no siempre el hombre tropieza dos veces con la misma piedra. Regresar a casa de mis padres y saludarles como si no hubiera pasado nada, como si no me hubiera ausentado de casa toda la tarde y el inicio de la noche.

Mi madre estaría haciendo la cena y mi padre –estoy seguro– me preguntaría dónde había estado. Lo hacían a diario, mi padre y mi madre, preguntarme dónde había estado, pero yo siempre he sido un irreductible cheroqui y nunca les daba ese dato, porque compartir esa información sería como perder mi independencia, y a mí nunca me ha gustado que nadie me marque el paso.

Estadio Bernabéu, 7 textos autobiográficos

Pero esta vez, cuando mi padre me preguntara dónde había estado, que “no te hemos visto el pelo”, le respondería. Esta vez sí. Le diría:

–He estado en Madrid, padre. En las tres últimas décadas he estado en Madrid. En Madrid y en otros sitios. Ha sido un viaje duro. Me casé con una mujer buena, he tenido cinco o seis perros y muchos trabajos, he escrito algunos libros, he sufrido varias enfermedades, he tenido un precioso hijo con el síndrome de Down y otro que es más listo que tú y que yo juntos. Me han multado por ir demasiado rápido, pero luego me he tomado un café que me ha devuelto las ganas de vivir despacio. He vivido muchas experiencias que no le deseo a nadie y por momentos he sido el hombre más feliz del mundo. He sido y no he sido, he estado y no he estado, he sufrido y he reído, he muerto y renacido en varias ocasiones. Tres décadas dan para mucho, padre, pero ya estoy aquí, de vuelta en casa. Dispuesto a ver qué hacemos hoy contra los culés.   

Mi padre me escucharía sin decir nada, atraído por los destellos verdes de la televisión:  estaba a punto de comenzar el Real Madrid-Barcelona.

A ver qué cómo se comportaba hoy nuestro equipo. A ver cómo andaban de fino Buyo en la portería, Sanchís, Esteban y Tendillo en la defensa, los chicos de la Quinta del Buitre, Schuster, el cazagoles de Hugo Sánchez…

No era aquel un mal equipo. Y –ahora me doy cuenta de ello– tampoco era la mía una mala vida…

(2022)

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Francisco Rodríguez Criado, escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. Los zapatos de Knut Hamsun (De la Luna Libros, 2018) y Hombres, hombrinos, macacos y macaquinos (2020) son sus últimos libro de relatos.


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Ser madridista

ser madridista

Esta mañana me he despertado inexplicablemente convulso, y durante el resto del día la cosa no ha mejorado. Y mira tú, ahora empiezo a pensar que va a ser porque pasado mañana el Real Madrid se juega en Londres, contra el Chelsea, el pase a la final de la Champions, y estamos muy lejos de tenerlas todas con nosotros.

Hablo en plural, porque en temas de fútbol, cuando llegan los grandes acontecimientos –y este lo es–, dejo de ser un señor de su casa, un ente individual, para convertirme en un madridista más de la tribu, uno de los muchos que hay repartidos por todo el planeta.

Y decía que ando como agitado, y va a ser por eso, porque el Real Madrid está a un paso del cielo (o del infierno), y alguien con el corazón blanco no puede comportarse como si no pasara nada.

Pero lo mío, bien mirado, no es para preocuparse. Preocupante, lo que se dice preocupante, por desmesurado, era lo de mi padre, que fue quien me inoculó el gusanillo por el deporte rey desde que yo era bien chiquito. Ahí está esa fotografía en blanco y negro, cuando yo tenía cuatro años, con la vestimenta del Real Madrid (camiseta, pantalones cortos, medias, botas), posando en el campo de fútbol de la Ciudad Deportiva de Cáceres, un domingo (supongo) en que mi padre, que era entrenador del Atlético Cacereño, estaba dirigiendo (supongo) a su equipo, y antes del partido (supongo) me hizo esta foto para (supongo) poder alardear ante toda la familia por haberme ganado para la causa (la del madridismo). O esa otra en la que aparezco, muy serio (mi madre siempre me reprochaba que no quería salir en las fotografías, y cuando lo hacía nunca sonreía) junto a mi orgulloso padre y el resto del equipo.

Mi padre, que siempre quiso que yo fuera futbolista profesional, para compensar que él no pudo serlo…

Así que hoy, para despejar esta neblina nerviosa prepartido, me ha dado por recordar lo que era ser madridista en casa de mi santo padre, un hombre para quien el fútbol era Dios y el Real Madrid, su profeta. Un hombre que celebraba las victorias del club blanco con la misma pasión con la que lamentaba sus derrotas. Porque mi padre metía las derrotas del Real Madrid en el mismo saco que la teoría de la relatividad o los jeroglíficos egipcios antes de Jean-François Champollion, es decir, en ese orden de cosas imposibles de entender. Pero qué digo: mi padre no lamentaba, ¡mi padre despotricaba!, y lo hacía con la misma angustia que si la secta de los hare christmas se hubieran llevado a una de mis hermanas.

“Menuda panda de millonarios vagos que no valen para nada”, decía del equipo al que la semana anterior había glosado como el mejor del mundo. Ya se sabe que la victoria tiene muchos padres, mientras que la derrota es huérfana (y perdonad si la cita, que expongo de memoria, no es literal: como digo, hoy ando algo nervioso).

Y aquí sigo, pensando en esa fotografía, y en que seguramente mi padre me sentó en el banquillo, todo vestidito de blanco, junto a los suplentes de su equipo, chavales siete u ocho años mayores que yo. Y así fue como comencé a entender el fútbol: como una sucesión de ataques y contrataques vertiginosos, de pases con tirachinas y rechaces salvíficos, de tiros contundentes a puerta y de paradas geniales, de goles y contragoles que te aceleraban el ritmo cardíaco, todo ello amenizado por los gritos de mi padre mientras yo me hacía mil y una preguntas.

Y es que, conforme yo me iba haciendo mayor, mayores eran también las preguntas que me hacía en las canchas de fútbol, que fueron muchas, pues mi progenitor me llevaba con él a esos campos perdidos de la mano de Dios (de barro, cuando no de lodazal) de esa Extremadura profunda (tan querida), uno de cada dos domingos. Y yo, sentado, me hacía preguntas. Albert Camus dijo que todo lo que sabía de la vida se lo había enseñado el fútbol. Así que yo, sentado en aquellos incómodos banquillos para traseros de aluminio, o desde las gradas, o frente al televisor del comedor cuando jugaba el Real Madrid, observaba el partido y la vida, y me preguntaba qué demonios le habría enseñado el fútbol a ese tal Camus, aunque yo no hubiera escuchado jamás hablar de Camus.

Y fueron pasando los años, los partidos y los campeonatos, fue pasando la vida y el Madrid unas veces ganaba (“el mejor equipo del mundo”) mientras que otras veces esa “panda de millonarios vagos que no valen para nada” lo echaban todo a perder. Y cuando esto sucedía, las paredes de la casa temblaban, y todo el edificio, porque mi padre tenía una voz gutural muy fuerte, y sus berrinches, ay, no exagero, se escuchaban hasta en el Bernabéu, aunque él estuviera en Cáceres.

Yo también lamentaba aquellos campeonatos que nuestro equipo tiraba por la borda, sobre todo cuando lo hacía en la última jornada. Pero, para compensar tanta desazón, me decía que si bien lo importante es ganar, no menos importante es aprender tantas cosas que te enseña el fútbol (ganes o pierdas), tal como nos explicó el dichoso Camus del que, tampoco ahora, había escuchado hablar jamás.

En fin. Todos tenemos un pasado, dijo el poeta. Y el mío es madridista. Mi pasado, mi presente y mi futuro son madridistas. Como mi padre, que quiso que yo fuera futbolista profesional y no lo logré, pues terminé viendo el fútbol (y la vida) como empecé: desde el banquillo.

Y aquí estoy, un poco nervioso, esperando a saber si pasado mañana hemos de celebrar al mejor equipo del mundo o si hemos de llorar desconsoladamente por culpa de esta “panda de vagos millonarios que no valen para nada”.

Y estoy nervioso por eso, o quizá porque hoy hace cinco años de la muerte de mi padre y aún cargo con la mala conciencia de no haber sido futbolista profesional, como era su deseo.

Valga en mi defensa que al igual que él, después de tantas décadas de éxitos y fracasos, de tantas batallas ganadas o perdidas in extremis dentro y fuera del campo, sigo siendo madridista.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y madridista

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