Ser madridista

ser madridista

Esta mañana me he despertado inexplicablemente convulso, y durante el resto del día la cosa no ha mejorado. Y mira tú, ahora empiezo a pensar que va a ser porque pasado mañana el Real Madrid se juega en Londres, contra el Chelsea, el pase a la final de la Champions, y estamos muy lejos de tenerlas todas con nosotros.

Hablo en plural, porque en temas de fútbol, cuando llegan los grandes acontecimientos –y este lo es–, dejo de ser un señor de su casa, un ente individual, para convertirme en un madridista más de la tribu, uno de los muchos que hay repartidos por todo el planeta.

Y decía que ando como agitado, y va a ser por eso, porque el Real Madrid está a un paso del cielo (o del infierno), y alguien con el corazón blanco no puede comportarse como si no pasara nada.

Pero lo mío, bien mirado, no es para preocuparse. Preocupante, lo que se dice preocupante, por desmesurado, era lo de mi padre, que fue quien me inoculó el gusanillo por el deporte rey desde que yo era bien chiquito. Ahí está esa fotografía en blanco y negro, cuando yo tenía cuatro años, con la vestimenta del Real Madrid (camiseta, pantalones cortos, medias, botas), posando en el campo de fútbol de la Ciudad Deportiva de Cáceres, un domingo (supongo) en que mi padre, que era entrenador del Atlético Cacereño, estaba dirigiendo (supongo) a su equipo, y antes del partido (supongo) me hizo esta foto para (supongo) poder alardear ante toda la familia por haberme ganado para la causa (la del madridismo). O esa otra en la que aparezco, muy serio (mi madre siempre me reprochaba que no quería salir en las fotografías, y cuando lo hacía nunca sonreía) junto a mi orgulloso padre y el resto del equipo.

Mi padre, que siempre quiso que yo fuera futbolista profesional, para compensar que él no pudo serlo…

Así que hoy, para despejar esta neblina nerviosa prepartido, me ha dado por recordar lo que era ser madridista en casa de mi santo padre, un hombre para quien el fútbol era Dios y el Real Madrid, su profeta. Un hombre que celebraba las victorias del club blanco con la misma pasión con la que lamentaba sus derrotas. Porque mi padre metía las derrotas del Real Madrid en el mismo saco que la teoría de la relatividad o los jeroglíficos egipcios antes de Jean-François Champollion, es decir, en ese orden de cosas imposibles de entender. Pero qué digo: mi padre no lamentaba, ¡mi padre despotricaba!, y lo hacía con la misma angustia que si la secta de los hare christmas se hubieran llevado a una de mis hermanas.

“Menuda panda de millonarios vagos que no valen para nada”, decía del equipo al que la semana anterior había glosado como el mejor del mundo. Ya se sabe que la victoria tiene muchos padres, mientras que la derrota es huérfana (y perdonad si la cita, que expongo de memoria, no es literal: como digo, hoy ando algo nervioso).

Y aquí sigo, pensando en esa fotografía, y en que seguramente mi padre me sentó en el banquillo, todo vestidito de blanco, junto a los suplentes de su equipo, chavales siete u ocho años mayores que yo. Y así fue como comencé a entender el fútbol: como una sucesión de ataques y contrataques vertiginosos, de pases con tirachinas y rechaces salvíficos, de tiros contundentes a puerta y de paradas geniales, de goles y contragoles que te aceleraban el ritmo cardíaco, todo ello amenizado por los gritos de mi padre mientras yo me hacía mil y una preguntas.

Y es que, conforme yo me iba haciendo mayor, mayores eran también las preguntas que me hacía en las canchas de fútbol, que fueron muchas, pues mi progenitor me llevaba con él a esos campos perdidos de la mano de Dios (de barro, cuando no de lodazal) de esa Extremadura profunda (tan querida), uno de cada dos domingos. Y yo, sentado, me hacía preguntas. Albert Camus dijo que todo lo que sabía de la vida se lo había enseñado el fútbol. Así que yo, sentado en aquellos incómodos banquillos para traseros de aluminio, o desde las gradas, o frente al televisor del comedor cuando jugaba el Real Madrid, observaba el partido y la vida, y me preguntaba qué demonios le habría enseñado el fútbol a ese tal Camus, aunque yo no hubiera escuchado jamás hablar de Camus.

Y fueron pasando los años, los partidos y los campeonatos, fue pasando la vida y el Madrid unas veces ganaba (“el mejor equipo del mundo”) mientras que otras veces esa “panda de millonarios vagos que no valen para nada” lo echaban todo a perder. Y cuando esto sucedía, las paredes de la casa temblaban, y todo el edificio, porque mi padre tenía una voz gutural muy fuerte, y sus berrinches, ay, no exagero, se escuchaban hasta en el Bernabéu, aunque él estuviera en Cáceres.

Yo también lamentaba aquellos campeonatos que nuestro equipo tiraba por la borda, sobre todo cuando lo hacía en la última jornada. Pero, para compensar tanta desazón, me decía que si bien lo importante es ganar, no menos importante es aprender tantas cosas que te enseña el fútbol (ganes o pierdas), tal como nos explicó el dichoso Camus del que, tampoco ahora, había escuchado hablar jamás.

En fin. Todos tenemos un pasado, dijo el poeta. Y el mío es madridista. Mi pasado, mi presente y mi futuro son madridistas. Como mi padre, que quiso que yo fuera futbolista profesional y no lo logré, pues terminé viendo el fútbol (y la vida) como empecé: desde el banquillo.

Y aquí estoy, un poco nervioso, esperando a saber si pasado mañana hemos de celebrar al mejor equipo del mundo o si hemos de llorar desconsoladamente por culpa de esta “panda de vagos millonarios que no valen para nada”.

Y estoy nervioso por eso, o quizá porque hoy hace cinco años de la muerte de mi padre y aún cargo con la mala conciencia de no haber sido futbolista profesional, como era su deseo.

Valga en mi defensa que al igual que él, después de tantas décadas de éxitos y fracasos, de tantas batallas ganadas o perdidas in extremis dentro y fuera del campo, sigo siendo madridista.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y madridista

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Besos

besos, francisco rodríguez criado
“La familia”, de Tarsila do Amaral.

Mi madre me pregunta por mis hijos. Saco el teléfono móvil y le enseño las últimas fotografías. No puede reprimir los elogios. “Qué guapos son, y cuánta vida dan”. Habla con admiración del mayor de los dos. “Qué buenos son estos niños, y qué cariñosos. Más lentos que los demás, pero qué felicidad dan”. Lo dice así, en plural. Y antes de devolverme el teléfono llena de besos la pantalla. Quién puede explicarle que está besando un cristal y que tras él solo hay imágenes binarias (formadas por ceros y unos); ni siquiera está besando un papel. Pero si le explicara eso, mentiría, porque bien mirado mi madre no besa una imagen, besa a mis hijos, a sus nietos, palpa el calor de su piel, sus caras tiernas, besa su inocencia.

Sigue leyendoBesos



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