La maleta de Garci

José Luis Garci

Garci se va de la tele. Se ha ido ya, quiero decir. Fue grande mientras duró, y duró casi una década. Ha hecho la maleta y ha metido en ella la cámara, la claqueta, la silla del director, los actores, los decorados… Ha hecho la maleta y ha metido en ella al Cine. Un cine total que abría las puertas a sus incondicionales en TVE cada noche del lunes. O del martes. O del lunes nuevamente. En La 2 teníamos los documentales de animales, y teníamos a Garci, ese señor de voz gutural que fuma en estos tiempos en que fumar es pecado y habla de Ford o Hitchcock con pasmosa familiaridad, como si en sus años mozos hubiera compartido con ellos un piso de estudiantes en Chueca. Por su plató, ante la mirada crítica de Marías o Torres–Dulce, ha pasado la estrella de sheriff de Burt Lancaster, el taxi de Robert de Niro o la mirada abrasiva de Ingrid Bergman. Yo me he enamorado varias veces viendo a Garci. No de él, claro, sino de Marilyn Monroe, Jean Simmons o Ava Gardner. Confieso que en mis horas bajas incluso he llegado a enamorarme del caballo de John Wayne. Eran noches de amor y tiros, de pasión y misterio, noches para el western o el musical. Eran noches intempestivas en las que uno soñaba con estar despierto.

El cine de Garci era un cine grande y, al parecer, rentable. Fuentes de la cadena pública dicen que Garci se va “de mutuo acuerdo”, eufemismo que viene a decir que no llegaron a ningún acuerdo.

Garci se va. Se ha ido ya, quiero decir. Y nos ha dejado de postre Fresas salvajes y la sensación de que, con él, el cine una vez fue grande en La 2.


(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 27 de diciembre de 2005).

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