En el adiós de Pablo Ráez

En el adiós de Pablo Ráez

Algunos piensan que la expresión “luchar contra el cáncer” es una exageración, que no es necesario luchar, que ya lo hace la medicación por ti. Qué poco saben. No saben que siempre tienes la posibilidad de arrojar la toalla, decir hasta aquí hemos llegado, la vida no merece tanto esfuerzo, ¡a la puta mierda todo!

Yo lo hubiera hecho en la última sesión, cuando iba vomitando por los pasillos, antes incluso de sentarme en aquel potro de tortura durante seis horas, cuando morir hubiera sido una bendición. Antes de que pensara que no podría con ello, antes de regresar a casa para postrarme durante cinco o seis días, incapaz de comer nada, de hablar o incluso de desear.

La última sesión fue la peor de todas, digo, porque por primera vez pensé que no podría con ello, pensé que no quería luchar, que el cuerpo no aguantaba más, y la mente tampoco.

En un momento así, cuando los fármacos ya te han destrozado (al tiempo que te sanan), no te rindes porque hasta para rendirse hay que tener fuerzas. Así es la vida (y la muerte) de paradójica.

Pero aquella sesión se acabó, y se acabaron los últimos cinco días postrado en cama, y se acabó aquella semana de oscuro silencio en la que no quería hablar con nadie. Había vencido. Aún no lo sabía, pero había vencido. Con la ayuda de los fármacos, sí, pero había vencido.

Pero hay casos en los que uno también vence en la derrota. Es el caso de Pablo Räez. Su mérito no es solo el de haber luchado por su vida, sino haberse convertido en un espejo para quienes luchan por la suya en el potro de tortura.

Se ha ido un grande. Solo consuela saber que en el mundo siempre habrá gente como él. Nos queda su ejemplo y su eterna sonrisa.

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