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julio, 2020 | Francisco Rodríguez Criado

¿Cuánto vale la vida de un perro?

cuánto vale la vida de un perro

No sé si quienes pronosticaban que saldríamos mejores personas tras la pandemia conocerán esta noticia: el abandono de perros ha aumentado un 25 % desde el inicio de la desescalada. Esto demuestra lo que muchos barruntábamos: que algunos comprarían un perro para tener excusa de salir a la calle durante el confinamiento. Aun así, sorprende que tantas personas se hayan desprendido de ese amigo de cuatro patas que les hizo más amable la reclusión forzosa.

Por raro que parezca, el pensamiento de que es legítimo deshacerte de un perro es más común de lo que creemos.  

Contaré una pequeña anécdota. El día después de los atentados del 11S, me compré un piso en Cáceres. Me gustó la vivienda, el barrio, los vecinos, la tranquilidad de la zona… Lo único que me disgustaba eran los ladridos intermitentes del perro que vivía en el patio de una casa baja que hacía esquina con mi edificio. Después de hablar con la dueña, conseguí que lo encerrara en casa por la noche, pero, durante el resto del día, el perro siguió ladrando.

Pues bien, algunas personas a las que les conté mi problema, gente de bien, me invitaron a que dejara caer desde mi ventana una morcilla envenenada. “Dejar caer”, “ventana”, “morcilla envenenada”… La imagen era terrible. Pero recordemos el refrán, “Muerto el perro, se acabó la rabia”, y en este caso, nunca mejor dicho. Yo me pregunté entonces cuánto valía la vida de un perro, y llegué a la conclusión de que a veces no vale nada.

En ningún momento sopesé consumar el asesinato. Preferí escuchar durante años los ladridos del perro, que murió de muerte natural, en santa paz (a costa de la mía).

Sé que Betty, tumbada a mis pies mientras escribo estas líneas, daría su vida por salvar la mía. Es decir, la vida de un perro vale lo que queramos pagar por ella.  Abandonar, maltratar o incluso matar a un perro (por conveniencia) son síntomas de una sociedad decadente.

Artículo publicado en El Periódico Extremadura el 8 de julio de 2020.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de estilo.

Imagen: Pixabay

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El lugar de los libros (en el examen de EBAU)

El lugar de los libros, EBAU

Mi artículo, “El lugar de los libros”, publicado en El Periódico Extremadura el 19 de febrero del presente año , “salió” en la última convocatoria (junio de 2020) del examen de Lengua de la Evaluación de Bachillerato de Acceso a la Universidad (EBAU). Vaya, lo que se conoce como “la selectividad”.

Como no había publicado el texto aquí, aprovecho para recordarlo.

EL LUGAR DE LOS LIBROS

Mientras reordenamos la casa he recordado a Marie Kondo, la mujer que se ha hecho millonaria vendiendo libros sobre cómo organizar nuestras vidas con consejos como, por ejemplo, el de reducir a treinta los libros en el hogar.

Estas opiniones, paradójicas en quien ha vendido 30 millones de ejemplares de La magia del orden, ya recibieron en su momento la respuesta de gente del mundo de las letras, incapaces de aceptar ese reduccionismo libresco a 30 unidades. Leí con una sonrisa en los labios los comentarios de estos lectores insaciables, muy enfadados porque consideran a la Kondo poco menos que una amenaza contra el mundo de la cultura.

Y el caso es que, de algún modo, le doy la razón a ella: algunos deberíamos reducir nuestras bibliotecas, ahora bien, no a 30 ejemplares sino a 3.000. Pero yo no tengo 3.000 libros, tengo bastantes más, con la circunstancia agravante de que he leído la inmensa mayoría de ellos. (Como ni siquiera he abierto el manual de Marie Kondo, no sé si centra su agravio contra los libros no solo por el espacio que ocupan, sino también por el tiempo que les dedicamos).

El caso es que miro la pila de libros que he cribado (no los voy a tirar, tan solo los cambio de sitio) y me da por pensar en la paradoja de que tantos volúmenes provoquen desorden en casa a la vez que ordenan la mente y el espíritu. Mis libros son la estampa de un pasado redentor: los fui comprando y leyendo con pasión, convirtiendo así mi casa de soltero en una suerte de paraíso borgiano.  

No me pesa tener tantos libros, sino carecer de espacio para cobijarlos. Los libros no deberían ser nunca un estorbo, sino una promesa de salvación, sobre todo cuando uno los lee en vez de utilizarlos como meros artículos decorativos.

Puestos a elegir, prefiero reducir el espacio de lo que me viste por fuera (la ropa) y cedérselo a esos libros amigos que me visten por dentro.

Francisco Rodríguez Criado, escritor y corrector de estilo.

Imagen: Pixabay

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