Un rescate novelesco

Gideon Hodge

Los brazos bien abiertos, las piernas componiendo una larga zancada, una expresión dramática acomodada en el rostro. Esta pudiera ser una de las imágenes de la semana. En ella se ve a Gideon Hodge en pleno rescate novelesco en un barrio de Nueva Orleans. Puede que al lector el nombre no le diga nada, pero seguramente sabrá quién es si le doy tres palabras clave: escritor, incendio, novelas. Sí, Hodge es el escritor que corrió a la desesperada para salvar su ordenador del incendio de su vivienda. En él guardaba, ay, la única copia de dos novelas sin publicar. No sabemos si Hodge hubiera corrido hacia las llamas –desafiando los consejos de los bomberos– para salvar a su novia, que fue quien le dio el aviso, pero una novela bien vale una misa, y la propia vida, si fuera necesario. Si damos por cierta la advertencia del gran poeta norteamericano Walt Whitman (quien toca un libro, toca a un hombre), Hodge arriesgó la vida para salvar su alma.  

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Yo te sonrío

Real Madrid, Años 50

Real Madrid, Años 50

Desde que falleció mi padre, hace cuatro meses, no ha pasado un solo día sin que piense en él. Para mi asombro, esos pensamientos no están empañados por la pena o por el dolor. No he sentido una sensación asfixiante de orfandad, ni me pregunto mohíno si fui un hijo bueno o malo. No me planteo cuál de los dos tenía razón cuando discutíamos, ni hago recuento de los errores que cometí –digamos que muchos– y que él tuvo que reparar. No pienso en los dolores que tuvo en las últimas semanas en el sanatorio, ni en que me preguntara una y otra vez quién era yo. No pienso en que, aun siendo un apasionado del fútbol, acabara por olvidar quiénes eran Messi y Cristiano. Tampoco pienso en los objetos invisibles que trataba de coger con sus manos temblorosas cuando estaba confinado en una silla de ruedas.

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Homeschooling

homeschooling

La vuelta al cole suponía el feliz reencuentro con los compañeros y amigos de pupitre. Allí estaban de nuevo los Ayúcar, los Romero, los Tovar, los Maya, los Sáez, los Quintanilla de turno. Hombrecillos como yo que no levantábamos un palmo del suelo, pero con unas ganas tremendas de comernos el mundo, simbolizado entonces en el patio del recreo o en las aulas. Por lo general más altos y más bronceados, regresábamos tras el verano a nuestra segunda casa con el deseo apremiante de emborronar los nuevos cuadernos y hojear los libros que pulcramente habíamos plastificado. La vuelta al cole era –lo diré ya– el regreso al paraíso, a ese lugar que compaginaba la competición deportiva con la fascinación por el aprendizaje, ese espacio donde dar rienda suelta a nuestra imaginación y a nuestras energías.

Quizá porque viví con tanta pasión aquellos años escolares que me ayudaron a formarme como persona, veo con desconfianza sistemas pedagógicos como el homeschooling, término anglosajón que podríamos traducir por “tú te lo guisas, tú lo comes”.

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