Los zapatos de Knut Hamsun (relato)

Los zapatos de Knut Hamsun

La tengo bastante cariño a este cuento, “Los zapatos de Knut Hamsun”, que escribí después de hurgar en la vida de un personaje ilustre. No quiero adelantar nada, para que leáis el cuento (si os decidís a hacerlo) sin apenas información sobre su contenido.

“Los zapatos de Knut Hamsun” es el título del relato y también del libro en el que fue publicado, junto a otras narraciones cortas, cortesía de De la Luna Libros (2018), en su colección de relatos Lunas de Poniente.

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Los escritores y el fútbol

Borges y el fútbol

Jorge Luis Borges tenía fijación con el fútbol. Dijo que era un pecado, que debería estar censurado, que era algo estúpido y que los aficionados no tienen personalidad. Y etcétera. No hay duda: el deporte rey no pasaba ante sus ojos (opacos a la luz y a ciertas pasiones populares) de ser algo infame para pelotudos.

En el otro lado nos encontramos al Albert Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957, quien afirmaba que todo lo que sabía sobre moral y sobre las obligaciones de los hombres lo había aprendido en el fútbol. Y añadió (incluso después de la concesión de Nobel) que si volviera a nacer, preferiría ser futbolista a escritor.

Así que si los extraterrestres amigos de J.J. Benítez o Sixto Paz decidieran visitar de una vez por todas nuestro farragoso planeta, deberíamos poner a prueba su alta inteligencia explicándoles que el fútbol es un deporte para tontos (según Borges) o una escuela de vida donde aprenderlo todo acerca del ser humano (según Camus). ¿A quién creerían?

Estas dos maneras tan opuestas de apreciar el fútbol son habituales en el círculo literario. Entre los escritores, la postura borgiana (para mí la más divertida por cuanto tiene de ridícula) es mayoritaria, o eso creo. Muchos opinan que el fútbol es el opio del pueblo y que los que acudimos a las canchas de fútbol o vemos los partidos en la televisión somos poco menos que idólatras tras el becerro de oro. Pero en ningún momento sube (o baja) tanto el debate como cuando nos acusan a los futboleros de ignorantes que nunca hemos leído un libro, como si cultivar una afición intelectual fuera incompatible con satisfacer otro tipo de inquietudes más sanguíneas.

A estas alturas, cuando las opiniones están tan polarizadas, ignoro si tiene sentido recordar que no hay nada malo en compaginar la pasión por la lectura con la pasión por el fútbol, que será un pecado, sí, pero solo cuando pierde tu equipo.

Francisco Rodríguez Criado

“Los escritores y el fútbol” fue publicado en El Periódico Extremadura, el miércoles, 9 de octubre de 2019.

En las imagen: Jorge Luis Borges (arriba) y Albert Camus, leyendo la prensa

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¿Por qué leer a los clásicos?

Por qué leer a los clásicos

Este texto que puedes leer a continuación es la base de una charla que di en un instituto de La Garrovilla, Badajoz, en mayo de 2016, en un acto del programa POR QUÉ LEER A LOS CLÁSCOS, financiado por el MECD (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).

He adaptado estas reflexiones al contexto de este espacio literario, por si alguien estuviera interesado en dedicarle unos minutos.

Este breve ensayo se articula en los siguientes apartados:

  • Si no es necesario leer para triunfar en la vida, ¿por qué leer.
  • ¿Y qué es un clásico?
  • ¿Por qué leer El Quijote?
  • Derribar el mito de que “los libros clásicos son aburridos”
  • Breve conclusión final

Si no es necesario leer para triunfar en la vida, ¿por qué leer?

Mientras preparaba este breve ensayo sobre por qué leer a los clásicos, me acordé de que Leo Messi, uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, confesó en cierta ocasión que en toda su vida solo había leído un libro (la biografía de Diego Armando Maradona), y que para más inri había dejado la lectura a medias.

En cierta manera, esto complica mi exposición en defensa de la lectura, porque cabe pensar: si Messi es rico, famoso y mundialmente aclamado sin necesidad de leer un solo libro, ¿de qué sirve leer a Cervantes, santa Teresa de Jesús o, más próximos en el tiempo, a Mark Twain, Joseph Conrad, Emilio Salgari o Tolkien?

Mark Twain, Por qué leer a los clásicos
Mark Twain

Yo mismo responderé: 1) porque no todos somos Messi (hay 7.000 millones de personas en el planeta y solo una de ellas es Leo Messi; y 2) porque el hecho de que el astro argentino sea un hombre de éxito no oculta una triste realidad: su esfera vital se reduce al fútbol, hasta el punto de que nunca le he escuchado hablar de otro tema que no sea sobre este deporte. Que dedique poco tiempo a la cultura en general y a la literatura en particular no es positivo, sino más bien un gol que él mismo se mete en propia puerta. (Y conste que soy aficionado a este deporte y admiro a Messi).

Pero dejemos el balompié y adentrémonos en territorios cultos, donde seguimos recibiendo mensajes negativos. Por ejemplo, las inolvidables declaraciones del escritor Eduardo Mendoza en VII Congreso Internacional de la Lengua Española tampoco ayudan: “Me da igual que la gente no lea, la mayoría de libros son una birria”.

“Vivimos malos tiempos para la lírica”, como cantaban Germán Copini y su grupo de pop Golpes Bajos cuando yo era mozo.

Los medios de comunicación nos ofrecen día a día la estampa de personas maleducadas, ignorantes y toscas que, pese a todo, dan la sensación de estar comiéndose el mundo. Carecen de una cultura básica y aun así están en el candelero (o “en el candelabro”, que diría Sofía Mazagatos). Ganan dinero por discutir en un plató de televisión, están en boca de los ociosos, copan las secciones de sociedad de los periódicos y las revistas del corazón (que en España son auténticos superventas). Pero conviene poner las cosas en su sitio: a esas personas sin oficio conocido será el mundo, antes o después, quien acabe por comérselas. Las modas no duran siempre. Es más: duran muy poco. Así que muchas de estas estrellas rutilantes de la caja tonta –la inmensa mayoría, en realidad– acabarán siendo muñecos rotos con un futuro poco halagüeño.

Una vez despejada la niebla que nos impide ver la realidad, habrá que preguntarse nuevamente: ¿por qué leer a los clásicos?  

¿Y qué es un libro clásico?

Antes que nada, deberíamos aclarar, en términos literarios, qué es un clásico. Aunque la etapa clásica es, en puridad, aquella que estuvo marcada por el predominio de las culturas griegas y romanas (siglos VII a II a. C), cuando quedó establecido el canon de la belleza, la perfección o la racionalidad, hemos de comprender que en literatura el adjetivo “clásico” no está ligado a un siglo concreto.

“Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, escribió el autor italiano Italo Calvino. La definición es buena, aunque por supuesto no es la única.

No obstante, hay un consenso más o menos generalizado de que un libro clásico o un autor clásico son aquellos que han superado la criba del tiempo y su relevancia literaria no solo no mengua sino que son editados una y otra vez y llevados a otros formatos. Algunas obras literarias pueden sobrepasar los límites del género y ser adaptadas al cine, al teatro, a la televisión, al cómic, etcétera. Es lo que ha ocurrido con las obras teatrales de Shakespeare, la saga de Juego de Tronos, de George R. R. Martin o los libros de Harry Potter, de J. K. Rowling.

En resumen: la importancia de las obras clásicas no se reduce a una moda pasajera destinada a durar tres, cinco o diez años. Cuando un libro se consolida como todo un clásico, cabe pensar que lo será durante muchísimo tiempo (“para siempre”, en algunos casos), al margen de que fluctúen las tendencias.

Podemos leer a Cervantes (1547-1616) o a santa Teresa de Jesús (1515-1582) con la seguridad de que su obra va a estar vigente, siglo a siglo. Es posible que no encontremos la espiritualidad, la introspección o el análisis psicológico en algunos autores que están hoy de moda, pero siempre tendremos el recurso de buscar estas virtudes literarias en los clásicos citados (santa Teresa de Jesús y Miguel de Cervantes) y en muchos otros. Por eso son clásicos: porque sabemos que no nos van a defraudar. Los leemos y releemos de igual manera que –por volver al terreno del fútbol– seguimos hablando y viendo vídeos de las mejores jugadas de Pelé, Maradona, Di Stéfano o Cruyff, aun cuando hace muchos años que dejaron las canchas de fútbol.  

Por qué leer El Quijote

El Quijote es un hito de literatura universal que a todo escritor que se precie le gustaría haber escrito. Un libro que causó gran sensación al poco de su publicación (en 1605 la primera parte, y en 1615 la segunda) y que cuatro siglos después sigue motivando lecturas, congresos, artículos, ensayos, y es motivo recurrente de objetos como tazas, camisetas, logotipos, monedas, billetes, etcétera. Y su autor, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), sigue dando nombre a museos, instituciones, clubs de lectura, pubs, restaurantes, calles y avenidas. Don Quijote de la Mancha es el libro más prestigioso de la literatura española y está entre los primeros de la literatura universal. Cervantes y su célebre personaje han sido ficcionados a su vez en novelas de numerosos escritores de todo el mundo, es el libro más publicado después de la Biblia y uno de los más leídos, etcétera…

¿Pero a qué se debe tanto prestigio?

Miguel de Cervantes, Por qué leer los clásicos
Miguel de Cervantes

Cervantes, tal como cuenta en el prólogo, escribió El Quijote para ridiculizar los libros de caballería, muy de moda entonces, que en su opinión minaban la mente de tantos lectores. Cervantes consideraba que estos libros eran nocivos para la sociedad y que no transmitían valores de buena conducta humana. (Como los programas de telebasura de hoy, esos de los que sin citar he hablado antes). La historia que narra es conocida: Don Quijote, de nombre Alonso Quijano, se vuelve loco por culpa de los libros de caballería, que devoraba con pasión. Enajenado, Alonso Quijano se hace caballero andante y, asumiendo el nombre de don Quijote, se echa a recorrer las tierras de Castilla, subido a lomos de su caballo Rocinante y en compañía de su escudero Sancho Panza, que lleva un borrico y que en ocasiones ha de luchar no solo contra molinos de viento, sino también contra la falta de cordura de su amo. Don Quijote hace tantas travesuras por su sentido del deber y porque anda enamorado de una tal Dulcinea del Toboso, a quien pretende ofrecer sus éxitos.

La grandeza de Don Quijote de la Mancha está en su novedad: mezcla con inteligencia humor, el gusto por la aventura, la crítica rotunda de los inverosímiles libros de caballería, la parodia, crea el personaje y el contrapersonaje, trabaja magistralmente en dos planos (la realidad y la fantasía, a veces entremezcladas) y fusiona lo trágico con lo cómico.

Ernest Hemingway
Ernest Hemingway

Hemingway dijo que Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, era la primera novela moderna de la literatura norteamericana. Nosotros podemos decir que Don Quijote de la Mancha es la primera novela moderna de la literatura española. Es ese libro que todo lector debería leer en el que lo real lucha contra lo irreal, o viceversa. Un libro que –ya lo sabéis porque lo habréis leído– es toda una lección de vida.   

Leer un libro clásico puede ser divertido y enriquecedor. Nos deleitamos con la crítica a los libros de caballería presente en Don Quijote de la Mancha al tiempo que hacemos una aproximación a la a veces difusa línea que separa la locura de la cordura, pero también nos consolamos con Tom Sawyer (personaje de Mark Twain); nos enternecemos con la dura infancia de Oliver Twist (Charles Dickens), ese niño pobre y huérfano que en su búsqueda de una vida mejor acaba en una banda de niños carteristas; vivimos en Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) aventuras palaciegas, de misterio y de amor en la Francia del cardenal Richelieu; e incluso descubrimos, leyendo El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Stevenson), que todos llevamos dentro un monstruo que puede salir a la luz en un momento u otro.

Derribar el mito de que “los libros clásicos son aburridos”

Daniel Pennac, escritor y profesor de literatura, escribió que “la paradójica virtud de la lectura consiste en abstraernos del mundo para encontrarle un sentido”. Tenía razón. Leer es vivir, estimular la imaginación y habitar otros escenarios alejados de nuestra esfera vital. Y, sobre todo, es encontrarle sentido al mundo.

Los clásicos nos conceden el deseo de descender a las entrañas del mundo a través de un volcán (Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne), luchar contra el poder colonial holandés e inglés de la mano de los piratas comandados por Sandokán (Los tigres de Mompracem, de Emilio Salgari), o recorrer la tierra andaluza de Moguer con el poeta Juan Ramón Jiménez y su borrico Platero.

Francisco Umbral, Por qué leer a los clásicos
Francisco Umbral

Aquí citaría un clásico moderno: Mortal y rosa, de Francisco Umbral, un monólogo poético y catártico que escribió el autor tras la muerte de su hijo, en plena infancia. El texto, sobrecogedor, ayudó a Umbral a superar el dolor por la pérdida del hijo, y por esa gracia que tiene la literatura posiblemente haya ayudado a otros lectores padres que hayan pasado por la misma trágica experiencia.

Los grandes clásicos nos ayudan a encontrarnos con nuestros deseos y con nuestros temores. Pero al margen de que estos y otros muchos títulos nos ayudan a ser más felices (que no es poco), paliar la soledad, combatir la tristeza o a enriquecer nuestros ratos de ocio, ¿cuál es la importancia de los libros clásicos? ¿Han ayudado al ser humano a conquistar derechos y libertades? ¿Son algo más que pura evasión?

La respuesta es sí. Y para no alargarme demasiado, voy a citar unos pocos libros clásicos que han contribuido a alimentar la conciencia social:

Libros que cambiaron el mundo

La cabaña del tío Tom (Harriet Beecher Stowe)

Harriet Beecher Stowe publicó por primera vez La cabaña del tío Tom en 1852. La novela, no por casualidad el libro más vendido en el siglo XIX (vendió 10.000 ejemplares en la primera semana), se centra en un tema que estaba entonces de triste actualidad: la esclavitud. El objetivo del libro no era hacer pasar un buen rato al lector (que también), sino defender los ideales del abolicionismo, ese movimiento que luchaba por restituir la libertad a los esclavos, los cuales eran comprados, vendidos, maltratados y explotados en Estados Unidos como si fueran bestias de carga. Beecher Stowe decidió escribir el libro porque en 1850 se había formulado una Ley del Esclavo Fugitivo, según la cual se podía reclamar a un esclavo que se hubiera fugado, aunque viviera ya en un estado libre.

Escritora Harriet Beecher Stowe
Escritora Harriet Beecher Stowe

La denuncia de la esclavitud que hacía Beecher Stowe en su novela ayudó a ponerle fin a esta práctica inhumana, que sería sancionada por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos en 1857, cinco años después de la publicación de La cabaña del tío Tom. Cuenta cierta anécdota que el presidente Abraham Lincoln conoció a Beecher Stowe en 1962, cuando la Guerra de Secesión aún estaba activa, y le dijo: “Usted es la pequeña mujer que comenzó esta guerra”.

Matar un ruiseñor

En esta línea está Matar un ruiseñor, de Harper Lee (1960), todo un clásico de la moderna literatura norteamericana. Llevada al cine en 1962 por el director Robert Mulligan, ganó tres Oscars. La novela recrea el ambiente racista en que se crio su autora a partir la violación a una chica blanca. Matar un ruiseñor muestra la indefensión en que se encontraban los negros, y lo hace tan bien que los valores que representa (la igualdad para todas las personas, al margen de su color de piel y su clase social) se han quedado en la retina de millones de lectores y es un libro muy recurrente en los colegios estadounidenses como ejemplo de lucha contra los prejuicios.

Su autora, Harper Lee, vio de cerca los hechos que narra en el libro, cuando era pequeña. Es llamativo que no haya vuelto a publicar ninguna novela.  

Las uvas de la ira

Otro libro del que debemos hablar es Las uvas de la ira, de John Steinbeck, publicado en 1939. La novela, de naturaleza ética y política, está ambientada en la década de 1930 y narra el drama de los pequeños agricultores de Oklahoma que, tras la crisis económica de 1929, deben huir de sus tierras hacia California en busca de un trabajo que les permita sobrevivir. La narración es un alegato a favor de los derechos del trabajador, del ciudadano de a pie, del hombre decente, y critica a los poderosos sin escrúpulos que condujeron irremediablemente al país al crack del 29.

Las uvas de la ira sirvió para darle voz a un grupo muy numeroso de personas desfavorecidas, sin trabajo y sin ayudas del Estado (ayudas que finalmente llegaron, aunque no con la suficiente celeridad). La novela de Steinbeck, todo un bestseller, y la película homónima basada en ella, dirigida por John Ford en 1940, se entienden como un homenaje a los desfavorecidos. Ambas pusieron el foco en ellos y ayudaron a visualizar la necesidad que estos tenían de recibir ayuda. Este libro no es solo un referente para ilustrar la crisis económica que asoló Estados Unidos en los años 30, sino que es recordada aun hoy, décadas después, en cualquier lugar del planeta cada vez que se da una situación de injusticia y hambruna sufrida por muchos y que ha sido provocada por unos pocos.

El segundo sexo (Simene de Beavouir)

El segundo sexo, de Simone de Beauvoir (1949), en un libro de reflexiones políticas y sociológicas que generó una importantísima corriente de opinión a favor de la emancipación de las mujeres. Para muchos es el ensayo feminista más importante del siglo XX, y sirvió para estimular la revolución sexual y social de los años 60, que permitió un mayor nivel de igualdades entre hombres y mujeres.

Beauvoir reflexiona en este ensayo sobre el papel que han representado ancestralmente las mujeres y llega a la conclusión de que el rol que representaban entonces (recordemos que el libro fue escrito en 1949) era producto de convenciones sociales. Este libro hizo reflexionar a millones de mujeres de todo el planeta sobre su situación en la sociedad y en la familia, y logró que muchas se replantearan nuevos objetivos en la vida. El segundo sexo, desde una perspectiva diferente, podría conectar con otro libro, Fundaciones, de santa Teresa de Jesús, en el que la santa cuenta cómo emprendió la Reforma del Carmelo y cómo luchó por aumentar la cuota de libertad espiritual y la dignidad de las mujeres religiosas de su época (1515-1582)

Yo acuso (Emile Zola)

Yo acuso, del escritor Émile Zola, es un breve documento, publicado el 13 de enero de 1898 en el diario L’Aurore. El texto es una carta abierta dirigida a M. Félix Faure, presidente de la República Francesa, en la que su autor, famoso por novelas realistas como Nana o Germinal, toma cartas en un asunto polémico: el proceso Dreyfus.

Émile Zola, Por qué leer a los clásicos
Émile Zola

Su carta es un alegato a favor del capitán del ejército Alfred Dreyfus, judío, que había sido acusado en 1894 de alta traición por haber facilitado documentos secretos a los alemanes. El militar fue condenado a cadena perpetua y desterrado a la Guayana francesa, en Sudamérica. Los familiares del preso se quejaron de lo poco sólidas que eran las pruebas e hicieron todo lo posible por defender su inocencia. El verdadero culpable había sido el comandante Ferdinand Esterhazy, pero el Estado Mayor no quiso saber nada del asunto. Poco a poco el país comenzó a dividirse en dos: los que apoyaban la inocencia de Dreyfus y los que afirmaban que era culpable. La carta de Zola puso de su parte a numerosos intelectuales franceses, y entre todos crearon un frente común para demostrar que la pena impuesta a Dreyfus estaba contaminada por el hecho de que fuera judío. Yo acuso sigue siendo la mejor prueba de que la literatura, o el ciudadano si prefiere, puede luchar contra los excesos del Estado.

(Dreyfus estuvo varios años en prisión, luego condenado a trabajos forzados, finalmente indultado y al final rehabilitado y nombrado comandante…).

Leo un párrafo significativo de la carta:

Puesto que se ha obrado tan sin razón, hablaré. Prometo decir toda la verdad y la diré si antes no lo hace el tribunal con toda claridad.

Es mi deber: no quiero ser cómplice. Todas las noches me desvelaría el espectro del inocente que expía a lo lejos cruelmente torturado, un crimen que no ha cometido.

Por eso me dirijo a vos gritando la verdad con toda la fuerza de mi rebelión de hombre honrado. Estoy convencido de que ignoráis lo que ocurre. ¿Y a quién denunciar las infamias de esa turba malhechora de verdaderos culpables sino al primer magistrado del país?

Emile Zola, Yo confieso

Zola escribe, pues, este documento porque –presionado por su ética– no concibe no hacerlo.

Aquí podría extenderme mucho, citar a los libros que fueron escritos en el exilio o que fueron escritos por personas que habían sobrevivido en los campos de concentración y querían denunciar los hechos.

En fin, no quisiera extenderme más. Valgan estas líneas para defender a esos libros, a esos autores que en su lucha con el tiempo han demostrado que vinieron para quedarse y, si no es mucho decir, vinieron para hacernos un poco más felices.


Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de una red de blogs literarios.

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El Madrid de ayer y hoy

La vida sin Cristiano

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La vida sin Cristiano

Algunos aficionados defendieron siempre que los goles que marcaba Cristiano Ronaldo jornada tras jornada los meterían otros compañeros si él no estuviera. La realidad desmiente los hechos: en la pasada liga, durante la sequía de Cristiano, sus compañeros no regaron el campo con goles. La presencia del luso, al contrario que el Cid ya fallecido a lomos de su caballo, asustaba menos al rival que a su propio equipo.

Pero hoy que Cristiano no está, ni vivo ni muerto, han resucitado figuras como Bale, Benzema y Marco Asensio, oscurecidos durante años a favor del máximo goleador del Real Madrid, esa alma inquieta a quien la más ligera sombra de su estrella le producía tristeza. Es posible, pues, que su marcha haya servido para revelar que más allá del astro portugués hay un equipo.  

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Entre la desilusión y la euforia

La mejor previsión posible se ha cumplido: quedar los primeros de grupo en la fase inicial del Mundial. Aun así, el país está de duelo, como si el equipo al completo hubiera enfermado de salmonelosis o se hubiera caído en un inmenso agujero negro. En algo coinciden casi todos los aficionados españoles: en el ánimo de convertir una buena noticia en pesimismo. No gusta Fernando Hierro, no gusta De Gea, no gusta el estado de forma de Ramos, Silva, Busquets, etcétera. E Iniesta, “Iniesta de mi vida”, compagina la filigrana artística con la evasión carcelaria. No sabemos si “somos los mejores, bueno y qué” o si estamos a punto de hacer el ridículo.

Ya quisieran Egipto, Arabia Saudí, Costa Rica, Perú, Panamá, Chile y otras muchas selecciones estar en la piel de España: relamiéndose la amargura mientras preparan con ilusión el partido contra Rusia, a priori un equipo asequible.

O sea que en el fondo estamos mejor que queremos: quedar primeros de grupo pese al mal juego favorece la predisposición natural del español a la desilusión y a la euforia a partes iguales. Hemos aprendido a controlar el balón sobre el césped, pero no nuestros impulsos bipolares fuera de él. Y, por si fuera poco, la historia de nuestro equipo en los últimos años no ayuda a atemperar nuestros sentimientos: somos la selección que ganó los Mundiales en 2010, pero también la que se marchó a casa a primeras de cambio en la siguiente edición.

Y así las cosas, el aficionado desbarata el fantasma del fracaso como mejor sabe: haciendo mil y una alineaciones de tiralíneas sobre una servilleta de bar, disertando sobre lo divino y lo humano (¿qué otra cosa es el fútbol?), sin despeinarse. Ahora le toca a Fernando Hierro demostrar que sabe tanto del deporte rey como esos millones de entrenadores tabernarios y llevarnos en volandas a la final. Nuestro sufrido españolismo no soportaría un nuevo fracaso.

Francisco Rodríguez Criado

(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 26 de junio de 2017).

La ciencia ficción del Procés

La ciencia ficción es el género preferido de los españoles a la hora de escoger una película para ver en el cine. Es al menos lo que ha concluido un estudio realizado por la empresa Cinesa, según el cual el 19 % de los espectadores prefieren las películas de ciencia ficción.

Si hubieran hecho el estudio sin salir de Cataluña, ese porcentaje subiría hasta el 50 %. Solo la pasión por lo fantasioso explica que la mitad de los catalanes vea en los sediciosos Jordis a dos presos políticos, a España como un Estado represor y al melifluo Rajoy como una suerte de dictador sin bigote. Únicamente echando mano de una imaginación desaforada, podría conectarse a Franco (que impidió la instauración de la democracia durante treinta y seis años) con el Artículo 155, implantado precisamente para restaurar la dinámica democrática aniquilada por los independentistas. Solo gracias a unos presupuestos lastrados por una entelequia exuberante se podría pensar que iban a alcanzar esa arcadia prometida por la casta de gobernantes indecentes que han gobernado Cataluña en los últimos años.

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Empanadas mentales

La empanada mental de los independentistas catalanes no tiene límite. El último ejemplo es el del jugador de balonmano Arnau García, que votó sí a la independencia y días después se sintió halagado al ser convocado para jugar con la selección española. Sí, ha aceptado jugar… en la selección del país del que quiere separarse. ¿Lo entienden ustedes? No se esfuercen.

Tampoco lo entendieron los periodistas de El partidazo de Cope, que tuvieron que hacer gárgaras antes de tragarse el batiburrillo de ideas de este chaval que dice ser catalán, español e independentista. Todo a la vez. Si hubiera vida en Marte, también sería marciano.

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El presidente pasmado

La política puede llegar a ser una profesión tan dañina como difícil. Dañina, porque en muchas ocasiones no solo no soluciona nuestros problemas sino que los agrava o incluso crea otros. Y difícil, porque gobernar para personas con sensibilidades e intereses tan diferentes es como picar hormigón.

Aun asumiendo la especial dificultad en un tema como Cataluña, Rajoy no podría haberlo hecho peor. Don Mariano, a quien le ha ido tan bien tomando mojitos en las trincheras mientras la oposición hacía turnos para pegarse un tiro en el pie, ha descubierto que la pasividad no funciona en Cataluña. Ya sabe que si uno no toma la iniciativa, tu rival lo hará por ti. Pero ojo: que se haya percatado de su error no quiere decir que vaya a repararlo. Y ahí sigue, pasmado mientras consulta el oráculo.

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¿Cómo frenar la yihad?

Europa tiene un grave problema con el yihadismo y cualquier solución posible se presenta a priori como ineficaz. Prueba de la dificultad de la solución es que los atentados se suceden en las grandes capitales europeas sin que nadie haya podido detenerlos hasta el momento. Resulta más complicado desbaratar sus planes que abatir a tiros a sus autores.

Mientras escribo estas líneas, células terroristas están diseñando nuevos ataques. No es una suposición, es una certeza. Hace poco vi en El Español un mapa con los ofensivas yihadistas en todo el mundo: 10.328 víctimas y 939 atentados, ¡solo en 2017! El hecho de que el 95 % de las víctimas sean musulmanas solo podría consolar a un sádico. El único consuelo sería rebajar la cifra a cero, algo que se antoja política-ficción.

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El Madrid de ayer y hoy

Madrid de ayer
Fuente de la imagen: Wikipedia

Hace unos días acudí en plena ola de calor a un emblemático edifico de la Gran Vía para participar en una entrevista, grabada con motivo de un proyecto educativo-cultural. A la salida, mientras huía hacia la boca de metro, me preguntaba cuáles eran las razones acuciantes por las que tantas personas se encontraran en aquel humeante caldo neurálgico a las cinco de la tarde. Intuir que muchos estaban allí por mera apetencia me hizo caer en la cuenta de que algunas cosas en mí han cambiado inexorablemente.

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